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¡Detén al ratón!

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Me lo habían platicado en una ocasión, pero lo encontraba difícil de creer. Sin embargo, pienso que lo que aprendí ese día lo tienen que saber muchas personas.

Abraham, un querido amigo, me citó en su laboratorio para mostrarme todo lo que hoy se puede hacer con las células madre que se extraen de los dientes, lo cual me pareció como de ciencia ficción. Me quedé con la boca abierta al escucharlo hablar sobre los descubrimientos científicos que permiten regenerar las células y aliviar un sinfín de padecimientos. Lo mismo me sucedió al recorrer el área de investigación y las cámaras de criogenia, o al ver fotos de tejido regenerado en huesos y piel de animales.

Por lo pronto te platico, querido lector, lectora, que si en un futuro quieres tener células que reparen tus órganos, tejidos, cartílagos, músculos, huesos o piel, entre otros, tienes que estar muy pendiente de cuando el ratón de los dientes de tu hijo o nieto vaya a llegar. Cuando lo haga ¡no lo dejes ir! O si a ti o a un hijo les extraen una muela del juicio, pide que te la den para extraer las células madre cuanto antes, ya que tienen un tiempo de caducidad.

Se ha descubierto que en la pulpa de los dientes se almacena una gran cantidad de células no diferenciadas (conocidas como mesenquimales) que provienen de la cresta neural, es decir, de las mismas células que formaron tu médula espinal y tus neuronas durante la gestación, y que al crecer se encapsulan en los dientes.

Bueno, pues si se aíslan esas células con mucho cuidado, se pueden cultivar para multiplicarlas en una incubadora y después diferenciarlas según el tipo de células que se requiera. Al ponerlas en distintos medios de cultivo pueden adquirir funciones más específicas ¡y formar neuronas, ligamentos, células creadoras de hueso, ojo y corazón…! ¿No es increíble?

La posibilidad médica de reparar tejidos y órganos, o incluso recobrar su vitalidad, me parece tan importante como el descubrimiento de las Américas que hizo Cristóbal Colón. Los órganos internos se desgastan por el uso tanto como la piel, cuyo cambio sí podemos observar por ser externo. Un ejemplo muy claro de la diferencia entre células jóvenes y células maduras es la rapidez con la que un niño se recupera después de una fractura de brazo: lo inmovilizan unas semanas y listo, su propio organismo repara el hueso lastimado. En el caso de un adulto, es probable que la misma fractura requiera de una operación y hasta de un clavo.

Ahora bien, lo increíble es que esta medicina regenerativa busca implantar células en los lugares afectados, para que el hueso o tejido lastimado pueda regenerarse sin ayuda de agentes externos que el cuerpo podría rechazar. ¿Calculas entonces las implicaciones de esta tecnología médica?

Pienso en mi padre, quien vivió más de 25 años con Parkinson y que siempre dijo que estaba seguro de que al morirse encontrarían la cura. Si bien no es una cura como tal, la medicina regenerativa busca que las personas que padecen Parkinson, artritis reumatoide, Alzheimer, diabetes o enfermedades de corazón, puedan gozar de una mejor calidad de vida.

Las células madre son la materia prima de tu cuerpo. Al extraerlas, multiplicarlas y congelarlas creas la oportunidad de acceder a tu propia “reserva”. Además, éstas conservan la edad que tienen en el momento en que se guardan, lo que implica que si una persona de 20 años congela por prevención sus células, cuando tenga 50 años y quiera usarlas tendrán la vitalidad que tenían 30 años atrás.

Así que, por todo esto, no dejes ir al ratón. Captura todas las posibilidades que hay en un pequeño diente para asegurar tus células y, de alguna manera, vivir más tranquilo.

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