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El observador

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El observador

 

Gaby Vargas

Si camináramos por las calles de cualquier ciudad del mundo y al azar le dijéramos a algún transeúnte: “Siento mucho el problema por el que pasas”, con asombro y curiosidad nos respondería: “¿Cómo lo sabes?”.

Las personas solemos vivir con la sensación de traer una lápida sobre la espalda como la del Pípila de Guanajuato, a veces más, a veces menos. Tenemos problemas de trabajo, presiones económicas y conflictos sentimentales que sumados a las crisis personales provocan que segregamos continuamente hormonas del estrés que tienen una serie de repercusiones en nuestra salud.

Por si fuera poco y en busca de consuelo nos refugiamos en conductas autodestructivas como el abuso de la comida, el alcohol o cualquier tipo de sustancia o conducta –de momento placenteras– que generen adicción. Por supuesto, las consecuencias de esta clase de comportamiento nos dejan atrapados en un pantano.

¿Hay salida? Sí, todo es cuestión de perspectiva; para adquirirla podemos observarnos a distancia.

Recuerdo el impacto que me causó ver en el domo del Papalote Museo del Niño, una película que comienza con la toma de una pareja acostada sobre el pasto que mira al cielo. Poco a poco, la cámara se aleja y nos involucra como observadores. Así, vemos la casa, la zona en que se encuentra, el estado, el país y el planeta.

El zoom out continúa y apreciamos entonces la Tierra iluminada por millones de lucecitas, lo que inevitablemente nos da una sensación de pequeñez. Mientras el alejamiento prosigue, vemos a la Tierra dentro de un gran sistema solar, que a su vez da vueltas dentro de una galaxia, que a su vez, forma parte de otras miles y millones de galaxias del vasto universo, que en su enormidad nos hace sentir como en un abismo. La sensación de insignificancia queda claramente establecida

“No somos nada”, esta frase de nuestro maravilloso cómico Héctor Suárez, viene irremediablemente a la cabeza al término del documental, lo que produce una doble sensación: la de alivio y ansiedad.

Por un lado, alivio, porque bajo esa perspectiva, ver tus “problemas” produce un sentimiento maravilloso de libertad que hasta los vuelve ridículos. ¿En realidad son problemas? ¿Por esas tonterías nos angustiamos tanto? ¿Vale la pena lo que cuestan en términos de salud?

Por otro lado, la ansiedad llega al darnos cuenta de lo efímera que es nuestra existencia: el tiempo que vivimos en este planeta, comparado con la vida de la Tierra, equivale a sólo dos segundos. Y ¡no los valoramos! Creemos que viviremos para siempre, con el tiempo suficiente para realizar los sueños o –algún día– perdonar. Nos angustiamos con pensamientos de ayer y de mañana y no vivimos el presente, que es la única manera de extender el tiempo.

Es por eso que tener nuestra propia cámara imaginaria –con una gran perspectiva– que se aleje, nos da la posibilidad de ser un observador, que sin juzgar ni criticar, pueda susurrar: “Piensa antes de hablar”, “perdona”, “dile que la quieres”, “estás exagerando”, “disfruta este momento”, “no cruces la línea del respeto”, “dale tu tiempo, escúchalo” y demás.

El reto es mantener al observador presente todo el tiempo, para relajar la mandíbula, los hombros y respirar profundo al dimensionar las cosas.

 

Foto: http://www.certolab.com.mx/images/valores/mente.png

 

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