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¡Basta, que pare la música

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¡Basta, que pare la música!

 

Gaby Vargas

Para mi querida amiga; ella sabe quién es.

 

Al abrir la puerta del baño de mujeres la mañana en que asisto a un desayuno de trabajo, escucho el llanto desconsolado de una mujer. Veo la escena y me doy cuenta de que viene de una muy querida amiga, quien abrazada de otra querida amiga entre sollozos balbucea, “Es que estoy rebasada, me falta aire, siento una fuerte presión en el pecho. Llevo dos semanas en las que no he parado, mis hijos, sus clases, el trabajo y todo lo que éste me exige, voy, vengo, cumplo con todos. A penas es lunes y ya no puedo más; ya me perdí.” ¡Cómo me sentí identificada con ella!

Podría afirmar que todos, alguna vez hemos tenido esa sensación. Nuestra alma, esa sabiduría interna lo anticipa antes que nuestro cuerpo, o nuestro ego y nos lo quiere advertir; pero ¿cómo hacerle? ¿Cómo avisarnos de que de no hacer un cambio radical, podrían venir problemas mayores?

 

Tú y yo, como mi querida amiga, hacemos el mejor esfuerzo con lo que tenemos para vivir de la mejor manera posible, tanto en el plano físico, emocional como espiritual. Al mismo tiempo vivimos esa angustiosa sensación de no participar del todo, ni de manera plena en el juego de la vida; como si ésta pasara por encima de nosotros y nos arrastrara de manera estrepitosa, sin saber cómo ni cuándo poder dar un grito de ¡Basta, que pare la música!

 

Como he vivido una crisis así —y quizá tú también querido lector, sé que es el lenguaje que el alma se vale para avisarnos de que en algún rincón de nuestra vida, vivimos una incongruencia. Comienza con una vaga sensación como de haber cometido un error y suele acompañarse de dolor de cabeza, palpitaciones, dermatitis, problemas estomacales o tensión muscular. Mismos que al estar desconectados de nosotros mismos, ignoramos.

 

El reto es que no podemos apuntar exactamente dónde se encuentra. Nuestro ego nos tapa los ojos y nos hace creer que vamos bien, que todo va “bien”. Pero, ojo, nuestra salud suele ser el indicador de lo que el alma nos quiere expresar. Si pudiera hablar, diría algo así como: “Detente, necesitas estar más presente en los momentos importantes de tu vida y de la vida de quienes amas; conéctate con tu propia voz, sé congruente, procúrate una mejor calidad de vida, es todo lo que vale la pena”.

 

Esa explosión de llanto o desasosiego que viene en el momento de crisis, suele ser muy positiva; es el punto a partir del cual comienza un despertar. Indica que nos hacemos conscientes,--aunque sea muy leve-- del cambio que requerimos hacer. Si bien podemos negar la vida entera a escuchar lo que el alma nos advierte; tarde o temprano llega el momento de decisión en el que, encaras el desasosiego y tomas el mando de tu vida; u optas por el ignorar la sensación y así descansar en un engañoso confort.

 

Lo curioso es que vivir en una incongruencia, no es un asunto de pensar o de racionalizar; tampoco lo es de escuchar y seguir lo que los otros dicen que está bien o mal. Es un asunto de permitirte sentir la incongruencia, de reconocerla y de validar ese deseo de fondo de hacer un cambio positivo. Pero, esto provoca pánico.

 

Como le he vivido, sé que el miedo viene de la exigencia implícita de hacer un cambio, y como decía Marcel Proust: “No hay nada que le duela más al hombre que el cambio; lo obliga a las dos cosas más dolorosas, pensar y sentir”.

 

Sólo te invito a hacerte una pregunta: ¿Estoy contento con la vida que llevo?, cuando respondas, vuelve a preguntártelo, ¿Estoy contenta con la vida que llevo? Así hasta que, a manera de taladro el cuestionamiento llegue al fondo de la verdad y al camino de tu libertad.  

 

 

 

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