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Una llave de cinco minutos

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Una llave de cinco minutos

 

Gaby Vargas

 

Cuando veo la rapidez y la nobleza con la que el campo responde a las primeras lluvias, y cómo la tierra y las plantas se cubren de verdor, algo renace en mí.

 

Vivimos una época difícil. Es tanta la impotencia que sentimos ante los sucesos en nuestro entorno que, aunque no la verbalicemos, tenemos una sensación colectiva de ansiedad y desasosiego. La frustración en verdad nos daña. Por fuera parecemos las mismas personas, sin embargo, por dentro, algo ha cambiado. Vemos las cosas de otra manera y vivimos de forma diferente. De ahí que al no enfrentar nuestros temores internos, prefiramos alternar nuestra atención con lo superficial, cambiamos de la noticias que tanto nos duelen, a los espectáculos o las banalidades que nos distraen.

 

No obstante, como si el mundo se dividiera en dos, por un lado está la oscuridad y por el otro la luz. Pues, al mismo tiempo, a pesar de ese malestar, las parejas se enamoran, los hermanos se perdonan, la gente sonríe en la calle, los bebés nacen, los amigos se reúnen, los artistas crean y el sol sigue saliendo día con día. Sucede como con el verdor renovado del campo.

 

Asimismo, en un plano más personal, a diario vivimos el reto de hacer lo mejor de nuestras vidas. Por eso, antes de salir de casa, tenemos dos opciones: engancharnos a la energía negativa que flota en el aire o elevarnos por encima de ella. Esto no quiere decir que nos deslindemos de los acontecimientos, sino que los veamos desde otro lugar. Un lugar lleno de paz que, aunque lo olvidemos, siempre está a nuestro alcance. Me refiero al centro de nosotros mismos.

 

Si lo piensas, la parte más sólida de una esfera es el centro. La parte más estable de cualquier objeto estático, es el centro de gravedad. ¡Vaya!, hasta en los huracanes el centro es el único lugar de quietud y tranquilidad. Lo mismo sucede con nuestro cuerpo: tenemos un centro en donde podemos reflexionar y equilibrar nuestras emociones y energías.

 

Hay corrientes de pensamiento que afirman que el centro del cuerpo está en el hipotálamo, ubicado en la base del cerebro; de acuerdo con la filosofía aristotélica, se localiza en el corazón y, según las tradiciones orientales, se localiza en el tantiem, que se encuentra tres dedos debajo del ombligo.

 

Estoy convencida de que intuitivamente has estado en tu centro. En esas ocasiones seguramente te has sentido en calma, completo, inspirado, agradecido o simplemente en paz con el mundo. Este estado no sólo es metafórico, es físico, con él tu cerebro entra en estado alfa, es decir, en un punto neutro, relajado pero alerta. Ahí, en ese lugar, nada de lo externo te toca ni te altera.

 

Cinco minutos

 

En lo personal, estar cinco minutos en mi centro es la llave para encontrar dentro lo que no encuentro fuera. Resulta suficiente para captar que mi intención en el día debe ser llevar esa paz conmigo y reflejarla en lo que hago.

 

Los retos de la vida son como los cambios en el clima: inevitables. ¿De qué sirve resistirnos a ellos? Cuando llueve, simplemente nos resguardamos. Cuando te resguardas en ese lugar dentro de ti, te conectas contigo mismo, con tu Ser; así tu campo interno también se cubre de brotes de verdor, se convierte en el alimento que tu espíritu necesita para enfrentar lo que sea.

 

Si anclamos nuestro bienestar a las cosas del mundo material, es muy probable que permanezcamos en la frecuencia de la ansiedad y la frustración. Para evitarlo recordemos que tenemos la llave de los cinco minutos, que nos da, como nada en el mundo, una gran paz.

 

 

 

Foto: http://i.huffpost.com/gen/1365763/images/o-COMO-ENCONTRAR-PAZ-INTERIOR-facebook.jpg

 

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