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Un blindaje emocional

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Un blindaje emocional

Gaby Vargas

La mirada de amor y admiración con la que la bebé de unos ocho meses veía a su papá, me emocionó y conmovió. Formados en la fila para documentar las maletas en el aeropuerto, observaba a esa bebita que, desde su carriola color azul marino, no tenía ojos para nadie más; veía a su papá –quien empujaba las maletas y ni cuenta se daba– como si fuera el mismísimo Dios. La escena era para gozarse.

La inocencia y amor de la bebé recién nacida emanaba por todo su cuerpo, como si trajera impregnado el mundo de lo sagrado de donde todos venimos.

Poco a poco, con el crecimiento, al enfrentarse al mundo real, quizá al sentir hambre, frío, dolor de estómago o tener que pelearse por su juguete, esa emanación divina desaparece poco a poco. Como a los siete años la mirada de inocencia empieza a modificarse. “Cómo ha crecido”, comentamos al ver a un niño, y no sólo por la estatura adquirida, sino por la nueva expresión que vemos en su cara.

El ego comienza a ganar terreno. Su autoestima y concepto de sí mismo comienzan a formarse. Cada palabra, cada caricia que reciba o no reciba, cada cuidado o falta él, contribuyen a formarlo y perfilan su personalidad y seguridad.

Al ver a esta bebita en el aeropuerto, me pregunté por qué los niños no pueden quedarse con esa mirada llena de amor toda la vida? ¿Qué se las roba? ¿Por qué los adultos, por más esfuerzos que hagamos para prolongar esa inocencia y amor incondicional, no podemos protegerlos para siempre?

Vivimos tiempos difíciles, como país, como papás, como parejas, como hijos, como personas. En el ambiente hay una sensación colectiva de desasosiego, de la cual pocas veces somos conscientes, o si lo somos, no deseamos expresarla. En las conversaciones cotidianas evitamos entrar a territorios delicados, dolorosos y pretendemos que todo está bien. Convivimos con el terror de las noticias que permean en nuestra vida, hasta llegar a acostumbrarnos, al grado que ya ni la ceja levantamos.

Nos movemos de prisa y con prisa en una forma de evasión. Como si la rapidez nos hiciera olvidar aquello que nos duele. Y los niños observan y aprenden.

Hace poco me encontré una caricatura del famoso argentino Quino, creador de Mafalda. Su crítica acerca de lo que les enseñamos a los niños es breve y dura. Se compone de ocho cuadros:

 1º. Un papá le señala un coche a su hijo de chupón y arriba dice “piernas”.

 2º. El papá le señala una computadora al hijo y arriba se lee “cerebro”.

 3º. El papá le muestra un celular al niño y le señala “contacto humano”.

 4º. El papá y el niño ven la televisión un programa en el que resalta el atractivo visual femenino. Se titula “Cultura”.

 5º. El papá le muestra a su hijo un basurero lleno de desperdicios. Lo titula “Ideales, moral y honestidad”.

 6º. El papá pone un espejo al niño en el que su imagen se ve reflejada. Se lee “el prójimo a quien amar”.

 7º. El papá le muestra un billete de 100 dólares. Y le dice “Dios”.

 8º. Por último el papá con cara de angustia abraza a su hijo y Quino cierra con la siguiente frase: “Es importante que desde niño aprenda bien cómo es todo”.

¿Por qué no optamos por voltear a ver los principios que no cambian nunca como un recurso para la enseñanza de nuestros hijos? Me refiero a los espirituales, aquellos que lo regresan a casa y le recuerdan lo sagrado de su esencia. Son los únicos que les pueden ofrecer un blindaje emocional en su vida, pase lo que pase. Además, veremos que también le regresan esa mirada llena de luz y amor con la que vino al mundo.

Foto: http://cache3.asset-cache.net/gc/121077471-boy-and-girl-twins-sitting-on-the-grass-gettyimages.jpg?v=1&c=IWSAsset&k=2&d=sxOf%2FHvdiwuhI9199c%2FsVaKgbV0ueggEXHVZ%2FIWqmJo%3D

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