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Decidir, decidir y decidir...

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Decidir, decidir y decidir…

 

Gaby Vargas

 

Viajar en avión misteriosamente cansa. Al llegar a tu destino, el cuerpo y la mente se sienten como si hubieras hecho el trayecto conduciendo un automóvil en una carretera con neblina. Y uno se pregunta: “Si pasé sentado tres o cuatro horas ¡sin hacer nada!, ¿de dónde surge el cansancio? De la misma manera, en la vida cotidiana, hay días en los que terminas fatigado, con frecuencia, sin saber por qué.

 

Las invisibles condiciones de la presión y la atmósfera dadas en un avión agotan; en lo cotidiano hay un factor que actúa de manera similar, me refiero a la toma de decisiones. No nos percatamos pero decidir nos afecta significativamente. Desde que abrimos los ojos las disyuntivas nos invaden. Unas son insignificantes y otras trascendentes, requieren de coraje y pueden voltear nuestra vida de cabeza. Todas, al final del día, desgastan y roban energía.

 

Es inevitable: vivir es escoger. El estrés que esto causa, radica en que elegir es renunciar y renunciar no es fácil. Sin importar de qué tema se trate, en cada decisión perfilamos un futuro. Y consciente o inconscientemente sentimos la responsabilidad que esto conlleva, sin contar con el factor incertidumbre que sabemos, también juega.

 

Cada decisión tiene un costo. En el trabajo quizá se presenten decisiones que afecten tu vida profesional; hay decisiones personales que pueden incidir ya sea en tu estilo de vida, en un tercero, o bien, en tu familia. Existen decisiones de tipo racional, emocional, ético, económico o moral, otras relacionadas con la salud o incluso con la diversión… ¿Qué camino tomar? “Dos caminos se bifurcan en el bosque; y yo tomé el menos transitado, eso ha hecho la gran diferencia en mi vida”, escribió el poeta americano Robert Frost. Lo que Frost nos dice es que el camino obvio, fácil, no siempre es el adecuado.

 

Lo importante es detenernos un momento antes de tomar la decisión y aquilatar las secuelas. Aunque si nos detenemos por mucho tiempo,  podemos caer en lo que se conoce como “Parálisis por análisis”. Nunca vamos a tener todos los datos o la información para decidir. Las posibilidades son tan amplias como el universo mismo. El reto está en encontrar ese punto entre informarnos lo suficiente, confiar y tener el valor de lanzarnos. “Cuando das el paso, el puente aparece”, ya lo decía Indiana Jones en una de sus películas.

 

“¿Cuánto me va a costar esta decisión?”

Esta es la pregunta que podemos hacer para evaluar detenidamente la respuesta. Con frecuencia preferimos “ignorar” el precio de nuestras decisiones, reprimimos sus consecuencias o no las queremos ver,--aunque el cuerpo siempre los resiente. Puede ser que en el momento no nos convenga aceptar lo que conllevan, que estemos deslumbrados e ilusionados. Otras veces, no prevemos lo que sucederá y los efectos nos sorprenden.

 

Al final del camino, lo que todos buscamos es vivir felices y en paz. ¿Cómo afectará ésta o la otra opción mi vida de pareja, a mis hijos? Escucha a tu instinto. Y la forma en que tu instinto se manifiesta es a través de una sensación en el vientre. ¿Cómo se siente? Finalmente ¿la decisión te hace sentir bien?

 

Es por eso que habría que formar el hábito de planear, hacer una lista de pros y contras, tener claras las prioridades, escuchar al cuerpo y tener un pensamiento crítico antes de decidir, para evitar que a la larga el estrés o la presión terminen por quitarnos calidad de vida, en todos los sentidos.

 

Las decisiones o las tomas, o dejas que te tomen ellas, tú escoges.

Foto: http://farm6.staticflickr.com/5523/12129402404_69bfb692f2_o.jpg

 

 

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