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Un puñetazo en la cara

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Un puñetazo en la cara

 

Gaby Vargas

 

“¿De dónde viene esa música apenas audible que tanto molesta? Qué imprudentes mis compañeros de adelante, ¿qué no ven que la conferencia de Wyne Dyner está a punto de comenzar!” Mi juez crítico buscaba notoriamente al culpable. Pasaron unos minutos, en los que indignada, mi atención se dividía entre las palabras del conferencista y la molestia que el soterrado ruido me provocaba. “No puede ser…”, repetía para mis adentros.

 

Pasaron unos minutos, hasta que se me cayó la cara de vergüenza. ¿Que de dónde provenía la molesta musiquita? ¡De mi bolsa! Del celular que mi esposo me había prestado para no estar desconectada en Atlanta, puesto que el mío lo había perdido. No lo reconocí porque en mi teléfono no tenía música. ¡Qué pena! Pero además de ella, me causó sonrojo ver la prudencia de todos mis vecinos que, al contrario mío, no hicieron una sola mala cara.

 

Sentí un puñetazo en la cara y aprendí una lección. El problema era yo. Fue como aquel señor que al ir a su trabajo tiene un accidente. Se baja del coche y le dice a la conductora del otro automóvil: “Señora, ¿por qué no aprende a manejar? Usted es la cuarta persona con la que choco hoy”.

 

El incidente me hizo traspolar la experiencia a otras áreas de mi vida. Soy yo la que tengo que cambiar. Esto se aplica a las relaciones y se vuelve más notorio con quienes convivimos a diario, como compañeros de trabajo o nuestra pareja. ¿Cuántas veces de manera automática condenamos al otro en lugar de darle el beneficio de la duda? Sin darnos cuenta, creamos el hábito de ver sus debilidades en lugar de sus fortalezas. Y así, la vida se vuelve un infierno.

 

El asunto no está en el otro, está en cada quien. Es cuestión de decidir. Te puedes enfocar en todo lo positivo que tiene la otra persona y en magnificar todas sus cualidades, o bien, acostumbrarte a detectar de inmediato todos sus defectos y amplificar todo aquello que te molesta.

 

Esta es una de las razones por la que hoy tantas parejas tienen problemas. Han olvidado el porqué se enamoraron mutuamente.

 

En una relación suele haber dos seres sensibles con un gran potencial, pero la crítica los separa, pues han desarrollado el hábito de ver sólo lo malo. Todos conocemos historias de parejas en las que con nada se tiene contento al otro. Nada es suficiente. Son incapaces de ver el esmero y mucho menos reconocerlo.

 

Recuerdo el caso de un señor que armó un gran pleito porque su esposa no le tenía el melón de la mañana picado como a él le gustaba. Por supuesto, se divorciaron.

 

Este tipo de personas nunca son felices. Como dice Un curso de Milagros: “Aquello que falta en la relación, es lo que tú no has dado”. Porque aunque parezca extraño, la razón de no ver las cualidades en el otro es una falta de amor por uno mismo. Si me acepto, te acepto. Y sólo puedo criticar y juzgarte cuando ya me he juzgado negativamente a mí mismo. Así de sencillo.

 

Si acaso encuentras que luchas en esta área, cambia de foco. De la misma manera que con un dibujo de ilusión óptica. Para ayudarte haz una lista de todas las cualidades que tu pareja, tu jefe, tu compañero tiene. Quizá no es cariñoso, pero es muy generoso. Quizá tenga debilidades, pero es una gran mamá. Es divertida. Es inteligente. Es trabajador.

 

Haz la prueba. Fíjate en lo bueno. Verás que también saldrás beneficiado. Un espíritu crítico contamina todo lo que haces en todas las áreas. Además, tengamos en cuenta esta ley: lo que resistes, persiste. Y las personas respondemos mucho más al halago que a la crítica.

 

La próxima vez que la crítica te asalte, mejor di: “¿Te había dicho lo mucho que te admiro cuando…?” Comprobarás que todo cambia para bien.

 

Foto: http://www.espaciomenteysalud.es/wp-content/uploads/2014/02/malas-criticas-buenas-negocios.jpg

 

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