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Desconectado

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Desconectado

 

Gaby Vargas

 

Sé lo que es estar desconectada. De hecho gran parte de mi vida lo estuve, y con frecuencia todavía lo estoy. La única ganancia que el tiempo me ha dado, es que ahora me doy cuenta.

 

La sensación de estar desconectado es algo que en la adolescencia no sabemos poner en palabras, es muy dolorosa. Por eso, en esa etapa le damos escape a través de la rebeldía, del aislamiento, de la sobre reacción a un estímulo o de la búsqueda de pertenencia a cualquier grupo social que nos abra la puerta.

 

Posteriormente, al crecer, crees que esa sensación de vacío, ese anhelo de algo, que no sabes bien qué es, desaparecerá automáticamente. La sorpresa es que cuando cumplimos 18, 25, 35 o 40 años, el hueco persiste y no logramos superar esa sensación, a pesar de que el mundo de la mercadotecnia nos seduce con promesas de bienestar, atractivo, éxito, estatus y demás –mismas que compramos sin cuestionarlas–.

 

Durante estas etapas, la mente –o el ego– nos trata de distraer y hacernos creer que nuestra vida “está bien”. Pero, al llegar la crisis de la mitad de la vida, la invitación a evaluarnos, a tomar el pulso de  nuestra vida, se hace ineludible y aterriza sin haberlo solicitado. Llega pisando fuerte a través de pequeñas pérdidas o de otras más fuertes, como la pérdida de un ser querido, un desamor, una ruptura, una enfermedad; o bien, entra de puntitas a través del amor, el arte y la belleza. El ofrecimiento siempre llega; la decisión de darle o no un espacio al alma, es nuestra. Mientras tanto, el ego nos tira de la ropa y nos aconseja hacernos de oídos sordos.

 

Una vez que somos conscientes de ello y nos decidimos a emprender el camino del autoconocimiento, puede suceder que los primeros descensos al fondo de uno mismo sean incómodos y poco hospitalarios. “No está en nosotros decidir qué aprender, sólo decidir si lo hacemos desde el dolor o desde el amor”, como se dice en Un curso de milagros. Conectarte con tu verdadero ser duele. Duele porque la ligereza es más cómoda –en apariencia–. Sin embargo, lo curioso es que no hay paso atrás. Una vez que pones un pie adentro de ese nuevo espacio, algo te invita a regresar a él, a quedarte y a no dejarlo.

 

Es entonces, y sólo entonces, cuando se evidencia que no estabas tan “bien” como creías; desde este nuevo terreno, todo toma mayor sentido. A partir de la reflexión sobre tu estancia en este mundo, el porqué de tu vida, tus relaciones, tu familia, el trabajo, toman otra perspectiva y otro fondo; es tu mirada la que cambia.

 

Así es como comienza el largo peregrinaje cuya meta es tu centro.  Ese lugar en el que recuperas el ritmo, te sientes “en casa” más allá de lo que cualquier espacio exterior te pueda ofrecer. Llegar a él requiere la decisión de seguir adelante a pesar del auto sabotaje.

 

En general, la vía para acceder a tu centro es establecer tus prioridades, sobre todo en el aspecto espiritual; sin embargo, cuesta mucho repriorizar y darnos un espacio cuando vivimos en un mundo acelerado. De ahí la desconexión, pues nos encontramos en un paradigma inconsciente entre hacer y ser. Cuando se trata de hacer, el ego se viste de gala y nos felicita. Sin embargo, cuando se trata de ser, sentimos que dejarnos ir es una pérdida de tiempo.

 

Llega el momento en que automatizados repetimos lo que nos toca hacer, hasta que al paso de los años, se presenta la inexorable reflexión: ¿qué hice con mi vida? ¿En algún momento me conecté con lo que yo quería o me conecté con la opinión colectiva, sujeta a las modas?

 

Es en ese momento cuando te cae el veinte, como piedra en la cabeza, de que para sentirte pleno sólo tienes que conectarte con tu ser.

 

Foto: http://static.estampas.com/2012/03/11/imagensgutte.jpg.525.0.thum

 

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