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Morir es inaceptable

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Morir es inaceptable

 

Gaby Vargas

 

“¿Por qué me regresaron si estaba tan feliz?”, balbuceó Ramiro, mi querido suegro de 94 años cuando en el hospital lo revivieron de manera artificial. “Ya, por favor, ya déjenme. Me quiero ir a mi casa”, le dijo a Pablo, su hijo mayor. Ramiro ya no tenía remedio. Ese día llegó a su casa, se acostó en su cama y de inmediato el humor le cambió. Bromeó, vio el fútbol encantado y murió esa noche, tranquilo y rodeado del cariño de todos.

 

Viene a cuento este recuerdo porque todos, en algún momento de la vida, nos sentimos frágiles, vulnerables e ignorantes frente algún padecimiento propio o de un ser querido; confundidos con respecto a la difícil decisión de hasta dónde llegar, las preguntas que nos surgen son: “¿Hasta dónde es ético alargar la vida de una persona con una enfermedad terminal de manera artificial?”, o “¿hasta dónde permitir la obstinación médica?”.

 

Don Luis, a pesar de sus 89 años, era un hombre sano, fuerte, lúcido e independiente. Una mañana se cayó en el baño de su casa. La consecuencia fue un fémur roto que necesitaba una operación. Un seguro médico completo lo cubría todo.

 

Al salir de la operación, en apariencia exitosa, todo se complicó. Su vida y la de sus familiares se volvió una pesadilla: paro respiratorio, sondas, tubos, muestras de sangre, tomografías diarias, neumonía, estudio de deglución, enemas, alimentación por sonda en la nariz y hemodiálisis. Su esposa e hijos enfrentan ahora diagnósticos confusos y decisiones difíciles.

 

Doctores de todo tipo de especialidades desfilan ante el paciente adormilado, cansado, volteado de cabeza, lleno de sondas y picoteado por todos lados. Los médicos sugieren una trepanación del cerebro. Lleva internado –hasta el momento en que escribo– 20 días infernales en el hospital. Me pregunto, ¿hasta qué punto se debe persistir?, ¿vale la pena esta tortura a un hombre de 89 años? La batalla al tiempo no la gana nadie.

 

Sin duda, hay médicos honestos y humanos que encarnan el juramento hipocrático. Tengo la fortuna de conocer a varios. Sin embargo, no todos son así. Hay médicos que se aprovechan de la fragilidad y el desconcierto de los parientes para manipularlos para que tomen decisiones cuyo único y exclusivo fin es el económico.

 

Es alarmante saber que en algunos hospitales los médicos tienen que cubrir una cuota, ya sea de hospitalización de pacientes, de intervenciones o de estudios de todo tipo. Esto con el fin de mantener las cuotas que se les exigen, participar en prebendas o premios, como el de un automóvil BMW. Es así que, al menor pretexto,  nos encontramos formados en la fila de la caja del laboratorio, del departamento de imagen, o bien, del quirófano.

 

Por otro lado, hay doctores que al saber que un seguro médico cubre todos los gastos, comienzan a ordenar estudios como si de una lista del súper se tratara.

 

Voluntad anticipada

 

Me da gusto saber que en México, desde el año 2008, contamos con una ley que hace posible que con un documento firmado ante notario, cualquier persona en pleno uso de sus facultades mentales, pueda manifestar en forma libre y consciente no someterse a medios, tratamientos y/o procedimientos médicos que propicien la obstinación médica. Se llama Ley de Voluntad Anticipada.

 

Vaya decisión. Se requiere valor para tomarla, ya sea que se trate de uno mismo o de un familiar. No se trata de la eutanasia. Se trata de lo que se conoce como “ortotanasia”, es decir, optar por prescindir deliberadamente de medios artificiales o tratamientos inútiles y excesivos que mantienen la vida de un enfermo terminal, para de esta manera permitir que la naturaleza tome su rumbo hacia una muerte digna y “a tiempo”.

 

Cuánto mejor es para cualquier persona mayor pasar sus últimos días en la comodidad de su casa, rodeada de sus seres queridos y en paz. En lo personal, así lo decidí. Piénsalo, ¿qué sería mejor para ti y quienes te rodean?

 

Foto: http://mexico.cnn.com/media/2012/11/01/get-muerte-voluntad-anticipada-hospital.jpg

 

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