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Coincidencias extrañas de la vida

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Coincidencias extrañas de la vida

 

Gaby Vargas

 

“Si hubieran pasado ahí la noche, se mueren”, me comentó el capitán. Él y dos marineros de su tripulación no podían creer lo que veían en el mar…

 

El océano agitado no los había dejado dormir. Esa mañana a Jaime y a sus compañeros, buzos experimentados, les pareció extraño el viento y el oleaje. Se encontraban en los mares de Belice, después de haber hecho dos bajadas profundas.

 

“No se mortifiquen, la tormenta se dirige hacia el norte y no nos alcanzará”, les dijo Ron, el capitán, a los tripulantes. La víspera había contactado al Centro de Huracanes en Miami: se trataba de Ernesto.

 

Como todo huracán, Ernesto, impredecible, desvió el rumbo y aumentó de velocidad. La amenaza se hizo mayor. No había un puerto de abrigo cercano. Llovía furiosamente, la visibilidad era nula, el oleaje crecía y la seguridad del barco era un vago recuerdo. El capitán, fiel a sus principios, decidió no abandonar la nave en una de las islas. Su tripulación lo secundó.

 

Atrapados en altamar, un helicóptero recogió a los pasajeros en cuanto pudo llegar, mientras el capitán Ron y sus dos tripulantes, Chucho y Tacho, se enfrentaban heroicamente a la disyuntiva de seguir hacia Guatemala o recorrer de regreso la distancia navegada. ¿Qué hacer! La decisión implicaba jugarse la vida. “Esa zona está llena de bajos, por lo que es mejor volver por la misma ruta”, sostuvo el capitán. Optar por regresar salvó dos vidas.

 

A las 12:41 del día, los marineros se encontraban en el puente de mando y les pareció ver, a través de una espesa cortina gris de neblina, la figura de una persona parada en medio del mar. “Hemos de estar soñando, no puede ser”, pensaron. “¡Capitán, capitán!, venga rápido.”

 

Mientras Ernesto furioso arremetía contra ellos, distinguieron un catamarán volcado. A pesar del peligro que representaba hacer las maniobras necesarias para acercarse, así lo hicieron, y al aproximarse se dieron cuenta de que una mujer se encontraba parada sobre una de las quillas. Después, vieron a un hombre –también sin salvavidas– que sumergido dentro del mar se detenía de una de las puntas.

 

La pareja agotada subió al barco, sin ropa y con los pies cortados: “Nos salvaron la vida”. En su embarcación no traían radio, ni gps.

 

Me emocionó enterarme de esta historia, porque últimamente tengo arraigada la idea de que nuestra vida se forma de acuerdo con las decisiones que tomamos a cada momento, sean éstas mayores o no. ¿Qué hago?, ¿qué leo?, ¿qué como?, ¿cómo educo?, en fin. Pero a pesar de la fuerza de esta convicción, escuchar esta anécdota me hizo cambiar de perspectiva.

 

No todo lo decidimos nosotros. Hay una fuerza más grande (a la que en lo personal llamo Dios) que nos impulsa hacia el bien. Sólo que por lo general el milagro no es tan evidente como en éste o en muchos otros casos. Sólo es cuestión de poner atención.

 

Pienso en los momentos clave y trascendentales, en esa red de coincidencias, de casualidades, de encuentros inesperados que se tejen para darle rumbo a nuestra vida. En ella hay accidentes azarosos que nos transforman y enriquecen. Cotidianamente, sin maravillarnos lo suficiente, decimos: “Y por casualidad me encontré a fulano”, “y por casualidad escuche esto”, “casualmente lo conocí”, “por accidente leí esto…”; todo para olvidarlos al poco tiempo de estas milagrosas “coincidencias”.

 

Coincidencias tan extrañas de la vida...

 

 

 

Foto: http://identidadgeek.com/wp-content/uploads/2009/06/coincidencias.jpg

 

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