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Su inteligencia: un regalo

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Su inteligencia: un regalo

 

Gaby Vargas

 

 A Pablo

 

Un viejo dicho nos dice: “Algunas personas crecen y expanden la alegría a su alrededor, mientras otras ¡nada más se expanden!” Cuando en la vida tienes la fortuna de convivir con el primer tipo de personas, considérate afortunado, has recibido un regalo; y cuando además esa persona es tu suegra, eres privilegiado.

 

Hay personas quienes desde el primer instante en que cruzas la mirada con ellas te hacen sentir en todo el cuerpo “qué bien me cae”. Eso me sucedió con Leonor cuando yo tenía 15 años y la conocí. Hoy, después de 40 años de casada y de haber convivido de manera muy cercana con ella y con el “Güero”, puedo decir que nunca tuvimos un solo problema, vaya, ni una incomodidad; lo cual puede sonar inaudito en el contexto de la delicada relación suegros-nuera. Sin embargo, así fue. ¡Cuánto les agradezco a mis suegros ese gran regalo! Porque se quiera o no, ese lazo impacta la felicidad de tu matrimonio y de tu familia de manera directa.

 

Leo era una mujer muy inteligente. No me refiero a una inteligencia calculadora, sino a la inteligencia que surge del corazón, del amor y de la compasión.

 

En su misa de despedida, y ahora que soy suegra y abuela, pude darme cuenta de las lecciones que todavía puede enseñarme.

 

Como sucede con el crecimiento del tallo de una flor, Leo fue construyendo conmigo una amistad y una complicidad que culminó en el florecimiento de un gran cariño. Al intentar analizar nuestro vínculo, llego a la conclusión de que si bien cualquier relación es de dos, en la que se da entre nuera y suegra el mayor peso recae en la mujer de mayor experiencia.

 

La vida es un misterioso laberinto de causas y efectos, dijo Jorge Luis Borges. Y es cierto. Todo lo que le arrojamos a la vida regresa a nosotros con asombrosa precisión. Si eres generoso, recibirás generosidad. Si criticas, serás criticado, si tratas bien al otro, te tratarán bien, en fin...

 

Leo dedicó su vida entera a dar y a darse, por ello esta ley de vida la inundó de puro amor. Dispuso su tiempo para trabajar por los demás, brindó cobijo a quien se le acercaba; sus brazos para mis hijos eran como regresar a casa, a un maravilloso y cálido lugar de seguridad. Dio su alegría y su simpatía; nadie más que ella contaba los chistes con su gracia. Nos dio vida a todos.

 

Con Leo se va toda una época de experiencias vividas en familia. Entrar a su casa, siempre llena de luz, era volver a la matriz, al resguardo de un lugar armonioso en que nos sentíamos queridos y aceptados.

 

Muy arregladita, como siempre, recuerdo que un día me dijo: “Yo no quiero depender de nadie, antes prefiero morirme”. Pues a pesar de sus deseos la vida le dio una última prueba: depender de todos y para todo. La superó con mención.

 

Leo era prudente hasta en su demencia. Una demencia senil que la llevó a un mundo lejano durante los últimos cuatro años de su vida. Aún así, en ese estado, mostraba su inteligencia. Su solo recuerdo nos hacía querer ir a visitarla. Si bien ya no reconocía a nadie, la educación y el trato que tenía con quienes la cuidaban o con quienes la acompañábamos, siempre era de cariño.

 

Su vida estuvo llena de retos. Desde los 10 años, cuando murió su madre, quedó a cargo de 11 hermanos y de su padre. Disciplinada como un gendarme, todos la adoraron. Me pregunto cómo lo logró... y concluyo: con inteligencia.

 

Unos días antes de su partida, comí con ella. Al despedirme, la apapaché, ella abrió los ojos –que solía tener cerrados casi todo el tiempo–, me miró de manera tan profunda como nunca antes lo había hecho y me dio una palabra de cariño. De un modo extraño, al salir de su casa supe que era la última vez que la veía. Ella, con la inteligencia del corazón, también lo sabía.

 

 

 

Foto: http://www.sigueme.net/fotos/manos-llenas-de-compasion.jpg

 

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