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Los tres castillos

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Los tres castillos

 

Gaby Vargas

 

Él creía ser feliz: “Era un caballero que se pensaba bueno, generoso y amoroso. Famoso por su armadura, durante años se esforzó en ser el número uno del reino (…) Tenía la mala costumbre de rescatar doncellas, incluso cuando ellas no deseaban ser rescatadas (…) Y siempre había otra batalla que ganar, otro dragón que matar u otra doncella que rescatar.”

 

Con el tiempo, el caballero se enamoró de su armadura hasta tal punto que la portaba para comer, cenar y dormir. No se daba cuenta ni sentía cuando con ella golpeaba o pisaba a las personas a su alrededor. Poco a poco su familia olvidó qué aspecto tenía sin su traje metálico. “No puedo quitármela. Tengo que estar preparado para montar mi caballo y partir en cualquier dirección”, explicaba orgulloso el caballero.

 

Como siempre estaba en alguna batalla, su hijo apenas lo conocía. Un día, su esposa amenazó con dejarlo; entonces él intentó quitarse la armadura para abrazarla y retenerla, pero se percató con asombro de que estaba atrapado en ella. Buscó ayuda del herrero y nada logró. Así que decidió ir en busca del mago Merlín quien, según le habían dicho, sería el único capaz de ayudarlo.

 

Éste es un fragmento del comienzo de “El Caballero de la armadura oxidada”, un pequeño cuento de Robert Fisher que en verdad te recomiendo. Leerlo no te llevará más de una hora; sin embargo, las reflexiones que contiene las recordarás siempre. Al menos yo, cuando terminé la lectura, confirmé que la mejor forma de transmitir un mensaje es a través de las metáforas, que a cada quien nos dejan aquello que necesitamos aprender.

 

Pero la historia continúa: el caballero llegó con Merlín, quien le dijo que la única manera de deshacerse de su armadura era recorrer el camino de la verdad. Un sendero arduo y muy empinado, en el que, además, se encontraban tres castillos que debería atravesar con sus respectivas pruebas.

 

El primero era el castillo del silencio. Al llegar ahí recibió una advertencia del rey: “Uno debe estar solo para poder dejar caer su armadura. Y permanecer en silencio es algo más que no hablar. Si logras vencer este nuevo tipo de cruzada, que requiere de mayor coraje que todas las batallas que has librado, obtendrás tu mayor victoria”. El caballero se quedó solo a pesar de su miedo. En esa soledad se dio cuenta de que nunca había escuchado a su esposa ni a su hijo. El caballero lloró tanto que sus lágrimas deshicieron el yelmo de su armadura.

 

El segundo era el castillo del conocimiento. Una vez adentro se sintió sorprendido por una densa noche, sus interiores eran tan oscuros que no podía ver ni su propia mano. En las paredes había algunas inscripciones brillantes, que resplandecían en la oscuridad y que lo guiaron, pues al leerlas y comprenderlas las puertas se abrieron una tras otra. Con la primera, reconoció que más que haber amado a su mujer y a su hijo, los había necesitado para llegar a ser el gran caballero que soñaba. La verdad que descubrió es que no se amaba a sí mismo, siempre se había considerado feo y poca cosa. El caballero lloró al darse cuenta de lo injusto que había sido con sus seres queridos y de que si no se amaba, no podría realmente amar a otros. Con este conocimiento abrió la última puerta y se inundó de una bella luz que iluminó su camino.

 

Por último, se encontró con el castillo de la voluntad y la osadía. Ahí se enfrentó con el dragón más grande y poderoso que jamás había visto: el del miedo y la duda. Se abalanzó hacia él con todo su ímpetu, en respuesta, el dragón lo quemó varias veces con su lengua de fuego, hasta que se dio cuenta de que al acercarse a él sin miedo, éste se hacía cada vez más pequeño hasta convertirse en una rana. Entonces reconoció que él mismo era la causa de la fuerza adversa. Este conocimiento le dio un nuevo poder.

 

Así, al transitar lentamente por el camino de la verdad, el caballero se despojó de su armadura y llegó libre a la cima de la montaña en donde conoció lo que era ser feliz en realidad. Encontró la felicidad que está con nosotros en los mejores tiempos y en los peores, la que tiene que ver con nuestra más íntima naturaleza y con lo que en realidad somos, aquella felicidad con la que pudo ver, oír y sentir el universo que le rodeaba.

 

 

 

Foto: http://www.omicrono.com/wp-content/uploads/2014/01/armadura-organo-1.jpg

 

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