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La ciudad de los pozos

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La ciudad de los pozos

 

Gaby Vargas

 

Había una vez una ciudad habitada por muchos pozos. Los pozos se diferenciaban entre sí por el lugar en donde estaban excavados y por su tipo de brocal exterior. Había brocales lujosos, modestos y otros francamente pobres.

 

Un día alguien llegó con la idea de que “lo que importa no es lo de afuera, sino lo que hay dentro de cada quien”, por lo que la sociedad de pozos comenzó a acumular en su interior monedas, joyas, arte, lujo, libros y todo tipo de cosas, al grado de que a ninguno de ellos le cabía una posesión más.

 

Al pensar dos veces la idea de que “lo que importa es lo de adentro”, un pozo listo que habitaba en las afueras de la ciudad descubrió otro significado y decidió crecer hacia adentro, pero las posesiones que tenía acumuladas le dificultaban la tarea. Tenía que deshacerse de ellas. Al principio le tuvo miedo al vacío, pero no le quedó otra opción.

 

Sin posesiones, el pozo comenzó a excavar en su interior y lo que halló al principio fue puro lodo, algo a lo que todos los demás temían y que los disuadía de ser más hondos. Pero este pozo no se espantó y poco a poco se fue haciendo más profundo, hasta que muy adentro ¡encontró agua! Entre más agua sacaba, más encontraba. El pozo feliz comenzó a aventarla al exterior y su entorno se convirtió en un vergel. Asombrados los vecinos, le preguntaban sobre el milagro. “Ningún milagro –respondió él–, sólo hay que buscar en el interior.”

 

Hoy los seres humanos tenemos sed. Por muchos años, al igual que los pozos, creímos que la respuesta a lo que buscábamos estaba en el exterior, cuando, por el contrario, se encuentra en nuestro interior. Esto es cierto al grado de que sin importar la edad, el género o la condición social, hoy escuchamos en las sobremesas, en la calle, incluso en el trabajo, una palabra que hasta hace algunos años casi era tabú: espiritualidad.

 

¿Será debido a que hoy hay una necesidad de regresar a algo que nos devuelva la paz y la tranquilidad de vida? En lo personal, antes de comprender el significado real de la “espiritualidad”, solía asociarla con la religión, pero si bien son dos cosas que pueden estar vinculadas, no son lo mismo. La palabra “religión” viene de “re-ligar”, significa unirnos con algo; y la hemos asociado con ideas, dogmas o formas de pensamiento.

 

 

 

Sin embargo, la espiritualidad es nuestra esencia, sea de la religión que sea nos lleva a una misma fuente: el agua, la conciencia del amor; es esa idea o sentimiento de que hay algo especial y grandioso en lo profundo de nosotros mismos. Pero como dicen los filósofos: “¿De qué sirve la filosofía si no la puedes aplicar a tu cotidianeidad?”

 

Volviendo a la fábula, podemos decir que nuestro  problema es creer que valemos por la máscara que hemos construido con posesiones y objetos para intentar conseguir que la gente me quiera y me respete, también hace que me olvide de quién soy, me limita y corta mi experiencia de vida.

 

Pero si bien la espiritualidad es la respuesta, ¿qué hago para cultivarla? ¿Cómo la puedo trabajar para conseguir esa felicidad que tanto anhelo? ¿Cómo puedo aplicarla en mi relación de pareja, en el trabajo o en mi salud? Todo lo anterior se logra si tan sólo recuerdo que lo más valioso de mí ya está en mí, que soy ya en hecho aquello que busco. La forma de practicar la espiritualidad es a través ser consciente de que la felicidad no va y viene, lo que va y viene es nuestra conciencia.

 

Para encontrar mi propia fuente interior y que los milagros sucedan en mi día a día, sólo requiero estar presente, consciente y conectado.

 

 

 

Foto: http://www.laleydeatraccionsifunciona.com/baner/camino-de.mi-ser.jpg

 

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