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Ascenso: no siempre es bueno

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Un infarto al corazón casi lo mata. Roger, de 42 años de edad, tenía dos años de trabajar como jefe del departamento de administración de una empresa constructora. Su día a día lo pasaba encerrado entre cuatro paredes, rodeado de papeles, contratos, recibos de nómina, adeudos y pagos. Nunca le llenó ese trabajo tanto como el anterior, en el que ganaba menos pero donde tenía la oportunidad de viajar por todo el país para supervisar las distribuidoras de cosméticos, hablar con las vendedoras, organizar eventos y una serie de actividades que disfrutaba mucho.

Casado y con tres hijos pequeños, Roger aceptó la promoción para darle mayor calidad de vida a su familia. “No podía decir que no, era un ascenso”, me comentó en la reunión en la que lo conocí.

Cuando estuvo cerca de la muerte, se dio cuenta de que había vendido su bienestar por una meta llamada “ascenso”. Si bien nos han inculcado que esa palabra siempre representa algo bueno, que significa éxito, la verdad es que no siempre se relaciona con su sentido profundo. En ese “ascenso”, Roger perdió de vista lo que en realidad valoraba.

En el inconsciente colectivo está muy arraigado que el éxito se mide cuantitativamente, con términos como “más grande”, “mejor”, “más nivel”, “más alto”, “más importante”, “más, más, más…” Si bien este tipo de definición puede inspirar y motivar a hacer grandes cosas, en la ecuación habría que considerar otro sistema de medida para definir el éxito: la cualitativa; esta se expresa con palabras como “felicidad”, “paz mental”, “amor”, “pasión”, “servicio”, “tranquilidad” o “gratitud”. La pregunta que debemos hacernos es: ¿Qué tanto me las proporciona aquello que hago?

Si bien un “ascenso” suele ser algo muy bueno, sólo es un camino, uno que puede funcionar para muchos mas no siempre para todos. Por eso es tan importante responder de manera personal a la pregunta: ¿Qué es para mí el éxito? La respuesta determina nuestra plenitud y el alcance de nuestras ambiciones. A veces estamos tan ocupados que ni siquiera tenemos tiempo para formularnos las preguntas: ¿Por qué hago lo que hago? ¿Qué tanto lo disfruto?

El concepto profundo del éxito siempre contiene la palabra “amor”. “Amo lo que hago, amo el cambio que genera, amo…” De otra manera nos dejamos hipnotizar por lo prometedora que resulta la palabrita y subimos la escalera del éxito peldaño por peldaño con los ojos cerrados. Así hasta que haber dejado a un lado aquello que valoramos nos cobra la factura, que por cierto suele pagarse en dos grandes ámbitos: la salud y las relaciones personales.

Uno de los grandes engaños que encierra el concepto “éxito” es que se enfoca por completo en el futuro. Sacrificamos un sinnúmero de cosas con tal de comprar el boleto que nos llevará “allá”. Cuando convertimos el éxito en una meta tenemos prisa y corremos el riesgo de perdernos del presente, del ahora, de momentos y conversaciones importantes, del desarrollo de nuestros hijos y de relaciones que no regresarán. En pocas palabras, nos arriesgamos a dejar de vivir, que fue lo que le pasó a Roger.

El término “éxito” proviene del latín exitus, que significa “salida”. Y existen muchas salidas. Mientras encontremos nuestra propia salida, una que nos lleve a sentirnos más plenos hoy, más libres hoy, más tranquilos y en paz con nosotros mismos hoy, estaremos en el camino adecuado.

Es por eso que el verdadero éxito nos exige no más información, no más esfuerzo, no más sacrificios, sino más conciencia.

Si para ti, querido lector, sentirte pleno y feliz es importante, pregúntate: ¿Cómo y qué puedo hacer hoy para ser más feliz?

 

Gaby Vargas

 

 

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