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Aprender de los viejos

Fecha 2016-01-28 00:00:00

Al entrar al asilo cada mañana de miércoles, reconocía el olor peculiar y único que, desde entonces, guardo en mi memoria. Mi querida suegra Leonor era entonces la presidenta de las Voluntarias Vicentinas; gracias a lo cual podía, junto con unas amigas, convivir unas horas a la semana con los viejitos y aprender mucho de ellos. Lo único que se nos pedía era platicarles, escucharlos y apapacharlos, lo que a simple vista sonaba muy lindo y conmovedor.

Parecía tarea fácil, sin embargo, en la ecuación pasamos por alto que para jóvenes de entre 25 y 30 años de edad –los que contábamos en esa época–, lidiar con la vejez requería un valor que, en lo personal, estaba muy lejos de tener.

Nos motivaba saber que podíamos ser de ayuda ya que, en su mayoría, se trataba de personas muy solas y abandonadas por su familia; era muy raro ver que alguien las visitara. Eso hacía que al vernos entrar con aire fresco y de juventud se entusiasmaran como niños con nuestra presencia. Escuchábamos de cada una siempre las mismas historias, los mismos achaques contados como novedad.

Aprendimos mucho de ellos, sin embargo, algo más que se me quedó grabado, pues me impactó intensamente, fue el deterioro: demencia senil, artritis, mal de Parkinson, anquilosamiento del cuerpo y la dependencia que provoca, arterioesclerosis, sordera, diabetes y demás. Qué fuerte, qué duro, qué real… esa temporada de voluntariado marcó mi vida y sirvió para dejarme muy clara una cosa: yo no quería llegar así a la vejez, haría todo lo necesario para estar lo más sana posible.

A pesar del desgaste y el abandono o quizás a causa de ellos, sin querer los viejitos nos enseñaron varias lecciones:

1)                    Fortaleza. Conocer un poco de sus vidas nos hacía verlos como sobrevivientes. Por encima de todas las cosas y de las muertes de sus seres queridos, del olvido de sus familias, ahí estaban. No obstante sus padecimientos tenían la fortaleza de seguir adelante.

2)                    Aceptación. Se adaptaban a lo que la vida les presentaba y aceptaban con resignación su nueva condición y a sus nuevos amigos, con todo y las diferencias o mañas particulares. “Así es la manera de ser de…”, nos decían con la sabiduría de quien conoce lo variopintos que somos los seres humanos.

3)                    Autenticidad. Si algo había que aprender de ellos, era la autenticidad y la libertad con la que decían las cosas. Expresaban su opinión y su sentir sobre las personas o situaciones tal cual, sin importar lo que otros pensaban. ¡Qué delicia!

4)                    Paciencia. La gente mayor tiene mucha más paciencia que los jóvenes; es experta en esperar, en escuchar; ha esperado toda su vida.

5)                    La importancia de las historias. Su vida se sostenía materialmente por las historias, vivían de sus recuerdos de infancia, del amor de su vida, de sus amigos y travesuras, en fin. Vivían gracias a esos recuerdos que los sacaban por un momento de su dolor. Y como decía mi padre: “Hay que crear momentos buenos, porque los malos llegan solos”.

6)                    Gratitud. Agradecían todo: estar vivos, comer, que fuéramos a verlos aunque fuera un ratito a la semana, tener un techo y una cama donde dormir, los amigos… expresaban gratitud hacia la vida. 

La experiencia me enseñó a apreciar y a agradecer lo cotidiano, como la independencia de moverme, comer o, incluso, bañarme. Agradecí tener una familia a la que le importo y que me importa. Agradecí tener el privilegio de ser quien estaba sentada en la otra silla, con todos los años por delante y con la conciencia de hacer lo que estuviera en mis manos para llegar a la vejez lo más sana posible.

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