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Es urgente un paseo en el campo

Fecha 2016-04-07 00:00:00

“No estoy muerto, estoy descansando”, decía el pie de imagen de un árbol enorme con las ramas secas. Camino en el campo con mis perros un sábado en la mañana y recuerdo esa estampa cada vez que veo los pequeños brotes nuevos en verde brillante de los sauces llorones; son las señales de la primavera, la renovación y la esperanza. Brotes que crecen y forman ramas que llegan a tocar el suelo, para presumir con el aire y el agua una de las frondas más bellas que la naturaleza es capaz de crear.

Dadas las bajas temperaturas del lugar, esta etapa de esplendor sólo dura seis meses, por lo que la disfrutamos y apreciamos enormemente. El resto del año los sauces permanecen deshojados y en apariencia secos; con sus tonos ocres desaparecen de la vista para dejar que otras especies tomen el primer plano y se luzcan también.

Así es la naturaleza, se renueva, interactúa, se adapta a las circunstancias para dar lo mejor de sí. Además, en el otoño, cuando los árboles tiran sus hojas, lo hacen sin apegos y con serenidad. Y mientras están “secos”, yacen tranquilos, descansan, se preparan, no se atormentan, saben su valor. En la primavera despiertan, se desperezan y con fuerza renovada nos regalan esos pequeños brotes que invitan al espectador a renacer también y a imitar a la naturaleza.

Caminar me llena el alma, me conecta conmigo misma, con la naturaleza, y me libera del estrés de la semana. Aunque a veces me doy cuenta y me reclamo pasar una hora caminando metida en mi mente y con el alma en otro lado. ¡Qué desperdicio!

En este mundo acelerado que nos hipnotiza con sus pequeñas pantallas, vamos tan de prisa que ya no notamos cosas tan sencillas como ésta, las cuales nos pueden brindar la felicidad cotidiana. Nos falta paciencia para valorar y aprovechar el tiempo de reposo, que es precisamente el que da paso a la creatividad y que permite que se dé el proceso para recuperar la estabilidad de nuestras emociones. Es ahí en donde el temple se fortalece y los valores se ponen a prueba.

Si sólo supiéramos escuchar, entender esa sabiduría, con sus tiempos y su transcurrir sin prisa, sin duda viviríamos más felices.

Cuántas veces terminamos un proyecto, un trabajo, un ciclo, una relación, una etapa de la vida en la que florecimos, crecimos y disfrutamos mucho para de inmediato desear repetir la experiencia. Empezamos a sentir un hueco, una exigencia interna por iniciar de nuevo “algo” que nos vuelva a hacer vibrar, a darnos ese sentido de ser importantes, estar ocupados y necesitados. Incluso nos reclamamos por tener un “tiempo” para invertirlo en nosotros y, lejos de disfrutarlo, nos genera angustia. Además, pareciera que nos da miedo el silencio, porque constantemente de algún modo huimos de él.

¿Cómo saber lo que queremos y deseamos sin estar en contacto con los cuatro elementos que nos dan vida: aire, tierra, sol y agua?

Por eso el campo y el aire libre son tan necesarios, en especial para los citadinos que vivimos rodeados de concreto y smog. Caminar a solas en la naturaleza, por lo menos unas horas a la semana, debería ser obligatorio para todos. El alma se renueva, el corazón se abre, la mente se aclara, nos invita a estar intensamente presentes, a sentir el cuerpo en vez de estar constantemente inmersos en la mente con sus pendientes y desvaríos.

Si nos permitimos ese recreo mental, emocional y físico, podremos soltar por un momento la lucha y las preocupaciones y despertar a una nueva forma de ver las cosas más allá de las apariencias.

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