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¿Cómo elegir entre dos caminos?

Fecha 2016-05-05 00:00:00

En la vida hay decisiones difíciles. Decisiones que se toman sin garantía y que pueden cambiar por completo el rumbo de nuestra vida. Si tomamos la opción adecuada, la vida fluye; con la equivocada, nos sentimos como el salmón que nada contracorriente para desovar. Sí: cuando te resistes a la vida, la vida se te resiste.

Benjamín Turquier, un ejecutivo exitoso de kpmg –una firma internacional de auditoría–, decidió a los 35 años abandonar el mundo de las finanzas y dedicarse a lo que más le gustaba: hornear pan. Estudió lo necesario y después compró una pequeña panadería ubicada en la 134 Rue de Turene, en el viejo París. Cinco años después, la Asociación de Panaderos Franceses le otorgó el Premio al Mejor Croissant Francés de 2015.

         Platicar con Benjamín me hizo pensar que hagamos lo que hagamos y donde quiera que estemos, mediante nuestros actos y decisiones mostramos el estado de nuestra conciencia y el contacto que tenemos con nuestro maestro interior: el corazón.

Escuchar a este francés hablar sobre el pan, sus tiempos, sus diferentes temperaturas, su carácter, era igual a escuchar la descripción del arte de algún músico, pintor o enólogo consagrado. Su pasión era contagiosa.

—Yo era un ejecutivo con un muy buen puesto y salario, pero no era feliz. Dentro de mí tenía un llamado que me tiraba a un rumbo totalmente opuesto. La decisión no fue fácil, porque ya estaba casado y con un bebé en camino –comenta Benjamín y continúa–. El buen pan siempre había sido mi pasión, lo perseguía por todos lados. Aunque nadie en mi familia había sido panadero, un día me dije "¿por qué no crear el tuyo?".

Mientras Benjamín hablaba, veíamos que la gente se acumulaba en el mostrador para comprar baguette o croissant, del que, por cierto, vende un promedio de 1,500 piezas al día, además de surtir pan a los mejores hoteles de París.

         No cabe duda de que cuando seguimos la voz del corazón y nos atrevemos a confiar en lo que susurra para aventurarnos a dar el paso, el puente siempre aparece.

         Imbuida de su valentía, de su pasión y de su congruencia, salí de la panadería –con una bolsa de croissants, por supuesto– y observé a los transeúntes caminando ensimismados de un lado a otro de modo automático. Me di cuenta de que podemos vivir el mundo en dos caminos diferentes: uno inferior y otro superior. Y la calidad de nuestra vida depende de nuestra elección. En cada instante, estamos en un camino o en el otro.

El camino inferior es el de la supervivencia, en el que domina la ley del más fuerte. Aquí transitan, entre muchos otros, los que se olvidan de cuidar al planeta, los que siempre viven de prisa, los que no pueden controlar su carácter o sus reacciones, los truhanes que se aprovechan del otro o los que viven sólo para satisfacer sus deseos. Un mundo automatizado, inconsciente, en el que nos movemos bajo el dominio de tres simples poderes: el placer, el poder o el temor.

         El camino superior es el de la conciencia; a él accedemos por una puerta o a veces incluso por una pequeña rendija. Aquí transitan los que buscan el silencio para escuchar la voz del corazón. Los que crean y enfrentan la vida con pasión y serenidad; los que son congruentes y viven de acuerdo con sus valores, procuran el bien de los demás, están abiertos a lo inesperado, disfrutan el instante y son generosos.

         Benjamín me dio el ejemplo de que nuestro privilegio está en elegir nuestro estado de conciencia y, por ende, nuestro camino. ¿Cómo? al escuchar nuestro corazón.

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