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Los “Chacortas” de la vida

Fecha 2016-06-10 00:00:00

Esa mañana me enojé mucho con Pablo, mi esposo. ¿Cuál fue la razón? Ni siquiera la recuerdo. Nos encontrábamos en Cancún de vacaciones con la familia. Lo que sí recuerdo es que después de comer salimos a caminar con mis hijos y unos amigos para comprar un helado.

Pablo y yo nos retrasamos a propósito para discutir el tema del enojo. Sobre la avenida Kukulkán pasaban muchos camiones con motores ruidosos que impedían que nos escucháramos el uno al otro. Así que en el momento en que intentaba expresarle mi sentir, levanté la voz muy fuerte para que oyera lo que tenía que decir y, para mi sorpresa, fue una delicia. ¡Qué desahogo, qué liberación! Pero, también, qué peligro.

Me percaté de que al entrar en contacto con mi enfado e intentar sobrepasar el ruido del entorno con la fuerza de la voz, tuve una sensación de poder que nunca antes había sentido.

Al contar esto no intento promover los gritos como la salida o la solución a un disgusto. Por el contrario, esa experiencia me ayudó a entender su fuerza adictiva. Porque hay quienes se enojan con frecuencia, es decir, los “Chacortas” de la vida, apodo del personaje de “El Señor de los Cielos” que me encantó para describir a quienes de todo y por todo se enojan.

El costo es muy alto: el corazón se enferma y las personas sufren de muerte repentina o prematura.

Sin duda el enojo ayuda a drenar emociones estancadas, pero si lo extiendes por horas se convierte en un estado de ánimo; si persistes por semanas se transforma en un temperamento; si lo prolongas por meses, en un rasgo de personalidad y, finalmente, en una vida. 

El enojo enferma

Puede resultar complicado definir el punto en que el enojo es benéfico o todo lo contrario. Pues si bien enojarse constantemente es contraproducente, por otro lado, lo peor que puedes hacer por tu salud es reprimirlo, como suelen hacer algunas personas.

Para comprender el poder de esta emoción, veamos algunos datos. Bastan cinco minutos de enojo para que las hormonas del estrés se eleven, lo que desencadena una cascada de 1,400 sustancias tóxicas en el organismo. Además, disminuye los niveles de inmunoglobulina A (IgA), el anticuerpo que se encuentra en la saliva, las lágrimas y en otras secreciones. Este anticuerpo es nuestra primera línea de defensa en contra de patógenos invasores y una manera importante de medir la salud de nuestro sistema inmunológico.

Como algunos lo hemos comprobado, al cuerpo le cuesta mucho trabajo recuperar el balance una vez que el enojo se dispara.

La ira sin duda tiene una fuerza que empodera, es un fuego interno que sólo se vuelve valioso cuando somos capaces de transformarlo en acción o en inspiración para promover un cambio. Es ahí cuando se convierte en sanador. Personajes en la historia como Gandhi y Mandela son una gran muestra de ello.

Cuando estamos a punto de estallar, lo primero que hay que hacer es reconocer la irritación que sentimos: “Empiezo a sentir las ganas de matar a alguien”. Al dirigir el reflector sobre el enojo le arrebatamos el control de nuestra persona. Respirar es clave, así como hacer una pausa interna para entonces preguntarte: “¿Hay alguna forma más eficiente y menos costosa de lograr lo que quiero?”

La rabia, como tantas otras emociones “negativas”, a veces se contiene porque no se siente bien. Pero, en realidad, no son “negativas”: todas las emociones son mensajeras, como un GPS interno, que nos dan aviso sobre algo que necesitamos, o bien, que queremos cambiar. Depende de nosotros si externamos lo que sentimos de una manera inteligente o no.

 

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