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Lo que das, de manera inesperada te regresa

Fecha 2016-08-11 00:00:00

En apariencia lo que sucedió puede leerse como una casualidad, un encuentro fortuito o una situación producto del alcohol. Así lo leyó Pablo, mi esposo. Sin embargo, para mí la experiencia fue profunda, misteriosa y significativa, resultado de la implacable ley del Universo de la causa y el efecto o del karma, no sabría cómo llamarle.

         Estoy convencida de que en la vida nada es casualidad.

Las personas, los eventos, las experiencias que se cruzan en nuestro camino no lo hacen por accidente, están orquestadas por un Poder Superior que todavía no comprendemos.

Si bien siempre he sabido que la vida es como un boomerang, que todo lo que haces te regresa de alguna forma, nunca lo había visto de manera tan rápida y precisa como ese viernes por la noche.

         Era un jueves cuando Pablo y yo acudimos a cenar a un restaurante en la ciudad de San Francisco, California, famoso por sus cortes de carne, mismos que disfrutamos muchísimo.

A la hora de pedir la cuenta, Pablo sacó la tarjeta y al revisar la nota se percató de que habían cometido un enorme error: "Mira  –me dijo–, se equivocaron, la cuenta es como de la quinta parte de lo que consumimos". Por supuesto era la de otra mesa. La cajera hubiera recibido el pago sin ningún extrañamiento, la mesera hubiera recogido la carpetita negra con el voucher firmado y nosotros pudimos haber salido del restaurante con la sensación de habernos sacado la lotería.

En cambio, Pablo llamó en ese momento a la mesera de origen japonés que, al enterarse del error y de la caballerosidad de mi esposo, le agradeció enormemente el detalle y nos acompañó hasta la puerta llena de gratitud, no sin antes explicarnos los días que se hubiera quedado sin ganar un solo centavo para reponer el error.

Nos acostamos con el sentimiento agradable de haber hecho lo correcto y nada más, pero la historia no acaba ahí.

         Al día siguiente, para despedirnos de San Francisco fuimos a cenar a otro restaurante, con la advertencia previa de que era costoso y de que se trataba de un menú fijo de varios tiempos.

         Una vez instalados, empezamos a admirar los detalles meticulosamente cuidados del restaurante: la vajilla, las flores, la decoración. En fin, en eso estábamos cuando a los pocos minutos acomodaron a una pareja en la mesa contigua a la nuestra. A lo largo de la cena, cruzamos miradas de amabilidad y, por la plática con el capitán, se percataron de que éramos de México.

         En un momento, Pablo se levantó al baño y el señor se sentó junto a mí con una copa de vino en la mano, para decirme que él y su esposa querían a los mexicanos, que no construirían ningún muro y su esposa reforzaba el comentario. Cuando mi esposo regresó a sentarse, con cara de sorpresa y medio en broma, le comentó: "Puedo matar por esto…", e hizo sentir al americano que no encontraba muy apropiada su cercanía. El señor regresó a su mesa y no pasó a más la relación. 

Al momento de pedir la cuenta –que esperábamos fuera alta–, el capitán nos avisó que una persona anónima la había pagado por nosotros. De inmediato dedujimos que fueron nuestros vecinos. ¿Por qué lo hicieron? Nos sentimos entre incómodos y apenados por el monto, ni siquiera sabían nuestro nombre, ni nosotros el de ellos. Al intentar argüir algo, con gestos el señor nos indicó que no habría negociación. Les agradecimos y nos despedimos azorados con lo sucedido.

         Mientras Pablo no bajó de pelmazo y borracho a nuestro generoso vecino, yo quedé convencida de la ley de la causa y el efecto: lo que das, de manera inesperada, te regresa.

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