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El gran concierto 1

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“El gran concierto”

Gaby Vargas

Si alguna vez has amado de verdad, entonces sabes lo que es sentir, aunque sea por un instante, como tu alma se asoma a la eternidad, sonríe a sus anchas, se ilumina, se eleva y se funde con algo más grande. El amor es el misterio de un gozo pleno que toma todos tus sentidos y, al mismo tiempo, te conecta con tu propia esencia.

Eso mismo sentí al escuchar el Segundo concierto para violín de Tchaikovsky en la maravillosa película “El gran concierto”. Intentar describir lo que la música logra es intentar describir lo indescriptible. Es el amor hecho música que toca lo más profundo del alma y te hace llorar.

La música es el pretexto, pero el tema sobre el que gira toda la película es el amor. Amor por la vida, amor por la música que se vuelve pasión y despierta a todos de una larga apatía, amor por las creencias, por los amigos, por la pareja.

La música de Tchaikovsky logra recuperar la fe en el ser humano por la belleza que es capaz de crear. Cuánta falta nos hace escuchar más ese tipo de música; es como subirse a una pequeña isla de amor para descansar un poco del mar del desencanto.

Hay veces que la expresión mas amorosa y elocuente es el silencio, pero le sigue la música. La música abre puertas interiores, se apodera de tu alma; tiene la magia para llevarte de la mano hacia la luz, hacia el amor infinito.

Con la música nos damos cuenta que el amor está dentro de nosotros y no afuera como solemos pensar; que es más grande que cualquier cosa, más grande que uno, que el ego, que la mente, que los miedos o culpas. Cuando sentimos ese amor, nos unimos, nos conectamos, nos sentimos uno con el todo.

Mi padre, Joaquín Vargas, gran amante de la música, siempre decía: “No hay persona que disfrute plenamente de la música y que sea mala. Simplemente no se puede”.

La música como el amor, tocan tu vida, la transforman. ¿Te acuerdas cuando te enamoraste por primera vez? ¿Por qué no traer a la memoria esos momentos de amor pleno y observar? Observa lo que irradias. Cómo caminas, cómo hablas, cómo te ves a ti mismo. ¿Puedes recordar el brillo en tus ojos y en los de los demás? El amor saca lo mejor de ti mismo; eres generoso, creativo, abierto, y estás lleno de energía. Cuando amas sientes que todo está bien.

El amor es el material del que está hecha la felicidad. Por eso, cuando amamos nos sentimos felices. Este sentimiento no necesariamente se limita a aquel dirigido a la pareja. Es el amor a ti mismo, a la vida, a tu trabajo, a tus amigos, a la naturaleza, en fin.

Piénsalo. Cuando optamos por cualquier emoción negativa, compramos un boleto a la infelicidad. Trata si puedes, por ejemplo, de odiar a una persona y ser feliz. De guardarle resentimiento a alguien y sentirte contento. Intenta enojarte con una persona y sentirte en paz. Juzga a los demás y ve si te sientes libre. Trata de engañar a alguien y sentirte seguro. Simplemente no se puede, porque lo que le haces al otro te lo haces a ti mismo.

Cuando eres una persona a-ma-ble –en el sentido literal–, te sientes más contento, más feliz. Eres amor, das amor. Cuando no es así, observa cómo el mundo se empaña. Bien dicen los psicólogos que aquello que te quejas de no recibir, es precisamente lo que no das.

 

Barbara Fredrickson, de la University of North Carolina, pionera en estudiar los beneficios de las emociones positivas, describe que ellas tienen el poder de “cambiar tu vida y tu comunidad, pero también el mundo, y con el tiempo crear el cielo en la tierra”. Música y amor. Amor y música.

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