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El Senador: un gran resiliente

Fecha 2016-10-14 09:57:36

Un día Rachel Sussman, una artista y fotógrafa estadounidense, voló a Orlando para fotografiar a El Senador, uno de los cipreses más añosos del planeta, con 3,500 años de antigüedad. Se trataba del principal atractivo del Big Tree Park, situado más o menos a media hora de Orlando, Florida. La excursión fue parte de su proyecto The Oldest Living Things in the World, al cual dedicó diez años de investigación.

El resultado fue un libro de fotografías inéditas con temáticas que van de la ciencia, al arte y la filosofía, en el cual nos muestra árboles y organismos vivos con más de dos mil años de antigüedad –ése era el requisito.

Para lograrlo, viajó por todos los continentes y se sumergió en las profundidades del océano. Le interesaba explorar cuestiones como el tiempo, la permanencia, la impermanencia y lo efímero que es nuestro paso por este mundo si lo comparamos con el de estos organismos vivos.

Sus imágenes nos revelan cosas rara vez vistas, como un bosque sumergido en la tierra, ubicado en África y que cuenta con 13 mil años de antigüedad, del cual sólo se pueden ver las copas de las frondas que salen a respirar; así como las formas extrañas de una especie de árbol verde de dos mil años de edad que se arrastra en el desierto de Namibia; también un musgo de tres mil años que crece en el desierto de Atacama, en Chile; un gigantesco Baobab de dos mil años, en Sudáfrica; un coral en forma de cerebro de dos mil años en el mar del Caribe; un eucalipto con 13 mil años en Australia; o una colonia de álamos temblorosos con 80 mil años de antigüedad en Fishlake, Utah. Los vestigios más antiguos que encontró fueron los de una bacteria en Siberia, que tiene entre 600 y 700 mil años de existencia.

 Compañeros silenciosos

La historia de El Senador nos deja pensando. Fue bautizado en 1927, Sussman lo describe para el blog Brainpickings como un árbol impresionantemente alto y robusto, no muy retorcido. El Senador vivía al lado de su compañera La Dama Libertad, de figura alta y esbelta, con dos mil años de edad.

Esa mañana de 2007 la artista hizo varias tomas de El Senador, pero a su regreso se dio cuenta de que sus fotos no reflejaban el espíritu y la grandiosidad de ese ser tan especial. “Algún día volveré”, se dijo. Sin embargo dejó pasar cinco años mientras por el mundo entero registraba con su cámara otras especies. “El Senador había vivido 3,500 años y se encontraba muy cerca, podía esperar a tener un poco más de tiempo. Era muy fácil pensar que siempre estaría ahí. Pero no estuvo.”

         En febrero de 2012, la fotógrafa regresó a ver a El Senador o lo que quedaba de él. Su tronco se había incendiado y con ello se habían borrado toda su sabiduría y el registro silencioso de lo que durante su existencia había transcurrido: épocas, historias de triunfo, de sobrevivencia, años de guerra, de paz, vidas y vidas de millones de seres.  

Su muerte la causó una chica consumidora de metanfetamina que se escondió en el gran hueco de la base de su tronco y que ahí dentro encendió un cerillo para iluminarse y preparar una dosis de droga.

Conocer la pérdida de este árbol me encoje el alma, me produce una enorme tristeza, así como la de los millones de árboles que a diario el ser humano destruye, sin darse cuenta de que con ello se destruye a sí mismo –literal y metafóricamente.


Sirva esta historia del gran resiliente: El Senador, para mover la conciencia y reflexionar a tiempo sobre la generosidad de los árboles, nuestros hermanos mayores, que nos dan oxígeno, sombra, vida y belleza, y…¿nosotros qué hacemos por ellos?

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