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El deseo más profundo

Fecha 2016-12-08 12:45:01

Cuánto aprendí ese día. Después de que Diego se levantó con fastidio de la mesa al término de su trabajo, mientras agradecía que había terminado el tormento de estar conmigo, me di cuenta de que mi técnica no nos llevaba a nada bueno. “Jamás va a querer hacer la tarea conmigo otra vez”, pensé atormentada. Así que, al día siguiente, decidí aplicar otra fórmula. En lugar de borrar las vocales que le salían mal y obligarlo a que las repitiera, me dispuse a señalar y admirar las pocas que habían salido bien. 

          La respuesta fue increíble. La actitud de Diego fue completamente diferente. Con esmero trazaba cada vocal, en espera de ganarse una vez más las porras de la abuela. Y, además, terminamos la tarea en la mitad del tiempo, a la vez que nuestra relación regresaba al camino de: “Qué padre que te quedaste a cuidarnos y estamos juntos”.

          Pronto me acordé de la frase: “El hombre por hambre mata, y por reconocimiento muere”, y me di cuenta de la frecuencia con la que olvido ponerla en práctica. Tan sencillo y generoso que es decirle a alguien frases del tipo: “Te felicito”, “¡Qué bien te salió!”, “Gracias a tu esfuerzo, lo logramos”… y tantas otras más.

         En estudios realizados sobre las cualidades de empresarios exitosos, surgen tres elementos en común: confían en su intuición, reconocen y agradecen a quienes los han apoyado y regresan a la sociedad.

Cuestión de enfoque

¿Por qué será que nuestra mente tiene la tendencia de detectar el error, la falla, con mucho más facilidad que lo positivo? Y esto no sólo sucede con las cosas, sucede con las personas con las que convivimos, trabajamos y, lo peor, con nosotros mismos. 

         En estas fechas en las que por lo general tenemos la comida de Navidad con el grupo de amigos, con los compañeros de trabajo o con la familia, en las cuales nos reunimos para convivir en un ambiente de buen ánimo, es un momento propicio para reconocer a quienes en el transcurso del año llegaron a su meta, lograron su sueño, superaron airosamente los tiempos difíciles. O bien, quizá nos apoyaron, nos hicieron algún favor, nos alegraron el día, nos escucharon en un momento de crisis, o nos dieron un consejo.

         Cuando hacemos un reconocimiento sincero y de corazón, ya sea de manera pública o privada a una persona, damos un regalo que toca el corazón y el espíritu como ninguna corbata, adorno, dulce de nuez o botella de vino lo puede lograr.

Somos muy vulnerables al halago

Con frecuencia nos ufanamos de ser perfeccionistas, cuando en realidad, al tener un ojo clínico para detectar el error o la falta, lo que somos es: imperfeccionistas.

         En otras ocasiones quizá no criticamos o señalamos constantemente lo malo, sin embargo, la mayoría de las personas cometemos otra gran injusticia: la indiferencia. Eso es lo mismo o parecido a un no existes, no me importas, o lo que hagas o dejes de hacer, me es indiferente.

         La realidad es que los seres humanos somos muy vulnerables a recibir retroalimentación sobre nuestro desempeño. Más de lo que suponemos. Recuerda que el deseo más profundo del ser humano es sentirnos aceptados. Al realizar cualquier tarea, necesitamos el refuerzo positivo que nos anima. Es ese tipo de hambre espiritual la que requiere del halago, de las palabras cariñosas para subsistir. Igual que necesitamos del alimento para mantener nuestro cuerpo.

         Así que esta Navidad, ¿por qué no piensas en hacerle un reconocimiento a alguien que quieras, ya sea en una carta o de manera verbal? Te aseguro que será el mejor regalo que le puedes dar a alguien que hará tu vida y la suya mejor.

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