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Felipe y el “espacio silencioso”

Fecha 2017-03-16 11:12:08

Existe un mundo más allá de las palabras. Es el mundo del no tiempo, del vacío, de la nada y del todo. Un mundo que nos lleva al centro de nosotros mismos, en el que los conceptos se disuelven y todo se convierte en energía creadora, unida por el amor.

         A ese mundo del silencio los budistas lo llaman “vacío”, los indios estadounidenses el “gran silencio”, los monjes zen la “roca sin esculpir” y en las escrituras judeo-cristianas aparece como el “yo soy”, que describe al Ser que todos somos y llevamos dentro.

Si las personas al interactuar pudiéramos desconectar nuestra mente de las palabras, tendríamos acceso a ese universo, el único que es real.

 Los animales se conectan con facilidad

Estoy convencida de que los animales se conectan a ese mundo de espacio silencioso donde se encuentra nuestro ser y desde ahí nos perciben y nos saben.

Para llegar a nuestro mundo interior hay dos atajos: el amor y el dolor. Acerca de este último, decía Rumi, el poeta místico del siglo xiii, que “la grieta es por donde entra la luz”, y a algunos la vida nos ha hecho comprobar que es cierto.

En cambio, por el amor experimentamos ese plano como un momento placentero, fugaz e intenso. Lo curioso es que los seres humanos tendemos a oponer resistencia para entrar en él, ¿cómo? Al limitar nuestro mundo con palabras. Sí, buscamos el placer obsesivamente, y una vez que lo tenemos lo pensamos verbalmente, en lugar de dejarnos abrazar por la experiencia que nos funde con el todo.

Felipe, mi perro labrador, quien me amaba como pocos seres  me han amado, con su mirada inocente, fidelidad y amor incondicional, me conectaba con ese mundo de “espacio silencioso”. Hace apenas unos meses salí a pasear con él, cuando ya estaba viejo y enfermo. Esa mañana caminamos por el lugar que él más amaba, el campo abierto del Estado de México. Yo iba con el alma contraída pues sabía que de un momento a otro me llamarían para avisarme que el doctor había llegado para dormirlo y evitar con ello que siguiera sufriendo. Fueron nuestros últimos momentos juntos.

Felipe era mi entrenador personal. Bastaba que me pusiera la ropa para andar en bicicleta y él empezaba a ladrar y a brincar de emoción. Durante nuestros recorridos mañaneros ladraba a mi lado si me detenía o pedaleaba despacio por sentirme cansada, como si me dijera “aquí nada de flojeras, eh”. Sólo se callaba cuando apretaba el paso, entonces movía la cola satisfecho. Era exigente, como buen entrenador.

 Estoy segura de que Felipe estaba conectado con ese mundo silencioso en el que procesamos la información más velozmente que con palabras. Lo sé porque un día después de que me extrajeron la tiroides salí con un grupo de amigos al usual recorrido que hacemos por el campo los fines de semana, lo hice aun cuando no tenía energía, sólo por darle gusto a Felipe.

Muchos metros atrás de la cuadrilla yo pedaleaba con esfuerzo. Mi fiel labrador que, generalmente, se adelantaba con el grupo y regresaba a caminar a mi lado, en esa ocasión me acompañaba tranquilo, callado y con una enorme paciencia. De alguna manera sabía que yo no estaba en condiciones de ir más rápido. Cuánto se lo agradecí.

Ese último sábado los papeles cambiaron. Era yo quien caminaba a su lado a paso lento, debido al tumor canceroso que le dificultaba moverse. Mientras gozábamos juntos sus momentos finales, escuché el temido sonido del radio que anunciaba la llegada del veterinario. El corazón se me detuvo. Felipe, de alguna manera, lo supo y en ese espacio silencioso los dos lloramos juntos antes de regresar.

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