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Nuestro peor enemigo

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“El trato es el siguiente: este malvavisco es para ti. Te lo puedes comer ahora, pero si esperas 15 minutos a que yo regrese sin haberlo comido te doy otro más, ¿de acuerdo?” Esto le dice una maestra a un niño sentado en una silla, en un cuarto vacío y frente a una mesa con un plato y un malvavisco.

La maestra sale del cuarto y observamos, a través de YouTube y una cámara escondida, las reacciones de diferentes niños que tienen entre cuatro y seis años de edad. Este famoso experimento fue realizado en los años setentas por el psicólogo Walter Mischel, de la Universidad de Stanford.

Las reacciones son simplemente maravillosas. Unos se tapan los ojos para resistir la tentación, tocan el malvavisco, lo besan, lo huelen, lo acarician como si fuera un animalito de peluche, otros lo prueban con un dedo, le dan pequeños mordiscos por debajo para que no se note, simulan que lo muerden... Muy pocos se lo comieron tan pronto salió la maestra.

Desde entonces el experimento se ha repetido muchas veces, y se considera uno de los más exitosos sobre el comportamiento humano. El propósito era estudiar la reacción ante la gratificación diferida, el autocontrol o la habilidad para esperar algo que uno desea, y comprobar si dicha habilidad tiene o no influencia en el éxito futuro de cada participante. Daniel Goleman sugiere estas cualidades como factores importantes de la inteligencia emocional.

Mientras que pocos niños se comieron el malvavisco de inmediato, sólo un tercio de los más de 600 participantes en el experimento pudo postergar la gratificación lo suficiente para obtener el segundo malvavisco. Lo que confirmó la hipótesis de que la edad sí afecta el autocontrol.

Lo que sorprendió a Mischel es la inesperada correlación entre los resultados del experimento y el éxito de los niños varios años adelante. El primer seguimiento que se les dio en 1988, después de 10 años de realizado, mostró que “aquellos niños que postergaron la gratificación eran adolescentes cuyos padres los describían como notoriamente más competitivos”. El segundo seguimiento, hecho 20 años después, mostró que estos mismos jóvenes eran socialmente más competentes y con mayor éxito académico que el resto de los niños impulsivos, quienes tenían baja autoestima y poca tolerancia a la frustración en general.

Lo curioso es que esto no es sólo un asunto de niños. Como adultos también tomamos decisiones inmediatas e impulsivas, sin pensar en las consecuencias, como las siguientes:

 

• Sabemos que hacer ejercicio mejora nuestra salud y sin embargo no lo realizamos o somos poco constantes: “Si hoy no lo hago, no pasa nada”. Nuestro cuerpo comodino se convence de inmediato.

• Sabemos que consumir comida chatarra no es sano, pero a la hora de platicar con los amigos nos metemos puños de papas fritas a la boca de manera automática. Una vez no pasa nada, ¿cierto?

• Sabemos que debemos ahorrar aunque sea un poco para nuestro futuro o el de nuestros hijos, pero comprar algo en este momento es más divertido.

• Sabemos que pasar tiempo de calidad con la familia y los amigos es vital para nuestra salud, pero al momento de las presiones en el trabajo, el tiempo vuela y ¡no alcanza!

 

Me pregunto: ¿Qué diferencia hay entre nosotros y los niños de la prueba del malvavisco? El Premio Nobel de economía Thomas Schelling describe este comportamiento como si se tratara de dos personas distintas: una que quiere un cuerpo delgado y otra que quiere comerse el postre. ¿Te suena familiar?

Conclusión: somos nuestro peor enemigo.    

 

Foto vía https://itsourblogmind.files.wordpress.com

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