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¿Cuál es tu legado?

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Para Sebastián Lerdo de Tejada (qepd)

 

Hay personas a las que conoces durante toda la vida, pero que cuando te enteras de su fallecimiento no sientes nada. En cambio, hay otras con las que bastan tres ocasiones de convivencia para que su partida te llegue al corazón. Estoy segura de que cada quien tiene ubicados a dichos protagonistas de su vida.

Esa pena –o la falta de ella– que provocamos en alguien tras nuestra partida, bien podría considerarse el examen final de nuestro paso por este mundo, nuestro legado, el que de verdad importa: cómo la gente nos recuerda y cómo vivimos en la mente y en el corazón de otros.

Una de las lecciones más trascendentes que he recibido sobre la importancia de nuestro legado fue a los quince años. El papá de una de mis mejores amigas del colegio había fallecido. Era un ingeniero con un puesto notable en la empresa constructora más importante del momento; un hombre muy respetado y con una gran vida social. El shock lo recibí en la primera misa de condolencias que se hizo en su honor. Recuerdo bien que tuvo lugar en la capilla de la Iglesia del Pedregal de San Ángel; era la segunda vez en mi vida que me vestía de negro para asistir a un pésame.

Llegué a las ocho en punto para abrazar a mi amiga. Allí no había nadie más que su mamá, su hermana, la persona que les ayudaba en casa, ella y yo. “Se le hizo tarde a la gente”, pensé; pero la misa comenzó y después sólo llegó una ancianita; la ceremonia continuó con todas las bancas reluciendo su madera amarilla, y el sonido de los tacones cuando nos formamos para comulgar resonó en la capilla vacía. Qué pena sentí.

Y los amigos, sus colaboradores, su familia, ¿dónde estaban? Ese día aprendí que los títulos y los puestos de trabajo, por los que tanto nos esforzamos y luchamos, de nada sirven cuando el corazón deja de funcionar.

Comprendí que en la carrera del éxito y el ego es muy fácil excluir al otro, así como al amor, y perder o no encontrar el sentido de la vida. En el momento final, cuando se sopesan las palabras de despedida para quienes parten antes que nosotros, nada importan las inversiones en la bolsa, los grandes negocios, el mejor coche o la gran casa, si sólo se hicieron en nuestro propio beneficio.

La vida social puede parecer muy divertida, y sin embargo ser falsa y vacía. Hoy podemos engañarnos fácilmente al creer que tenemos cientos o miles de seguidores en Facebook o en Twitter a los que atendemos y respondemos de inmediato, mientras que desatendemos y desoímos a quienes tenemos al lado.

Lo que hace concurrido un funeral y llena el alma de aquellos a quienes dejamos es nuestro legado, es decir, qué tanto amamos y fuimos amados, qué hicimos por los demás.

Recordé este caso cuando me enteré del fallecimiento de Sebastián Lerdo de Tejada, quien fuera el director del isste y a quien vi hace apenas quince días. Cuánto lamento y me duele su partida a pesar de haberlo tratado tan poco.

Después de haber tocado no sé cuántas puertas en diversas instituciones de salud, de haber expuesto nuestro proyecto del documental Alivio a no sé cuántos directores, Sebastián –sin conocernos– fue el único que nos escuchó atentamente y se sensibilizó, y aun en contra de todos los obstáculos que se prefiguraban decidió apoyarnos. Gracias a él, miles de mujeres se motivarán para hacer un cambio en su vida.

Una vez más puedo comprobar que lo que nos sobrevive es lo que dimos, la diferencia que marcamos en la vida de los demás y lo que aportamos con nuestra ayuda. Con Sebastián siempre estaremos agradecidas, y en la Fundación Marillac le guardamos un lugar muy especial en nuestra memoria.

 

Gaby Vargas 

 

 

 

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