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Mi colección de joyas

Fecha 2016-04-15 00:00:00

Hay joyas preciosas y joyas verdaderas. Las primeras, son objetos del deseo y un ornato personal, sin duda su brillo nos hipnotiza y atrapa nuestra atención desde el aparador. Pero tienen un inconveniente: en caso de hacernos de alguna de ellas, junto con su belleza viene la preocupación de cuidarla. Su costo tan alto, aunado al temor de perderla, hace que el goce de alguna manera se opaque. Y la felicidad que proporcionan es tan efímera como las horas del día.

 Las segundas, las verdaderas, brillan por dentro y, a pesar de ser gratuitas, no son para todos; no obstante que la existencia nos las regala a manos llenas, descubrirlas depende de un truco. Se envuelven en el manto de lo ordinario, por lo que es muy fácil pasarlas por alto, como aquel buda en Tailandia que estaba hecho de oro macizo y que pasó desapercibido durante 800 años por estar cubierto de lodo.

 Para que estas joyas se revelen a sí mismas necesitamos una sola cosa: tener ojos para verlas. Poner atención de manera consciente para ordeñar ese instante pasajero que sólo se da en el presente. Entonces y sólo entonces, esos momentos comunes y corrientes se transforman en los más hermosos, en el alimento del alma.

En esta etapa de mi vida me he dedicado a coleccionar este tipo de joyas y a abrir los ojos para atraparlas. Me doy cuenta de que, en realidad, el material del que están hechas y por lo cual nos brindan tanta emoción y ganas por vivir, es uno: amor.

 Permíteme, querido lector, compartir una de las joyas más preciadas de mi colección.

 Su mirada inusualmente serena, llamaba la atención. En ella se reflejaba el paraíso que acababa de dejar. Sus ojos azul turquesa muy abiertos, incluso más de lo normal, contemplaban con fijeza y sin parpadear a los abuelos, nosotros, que nos asomábamos al cunero a través del vidrio, desde su pequeño edén nos veía como si ya nos conociera. A escasos minutos de haber nacido y todavía sin nada que lo cubriera, me enamoré, nos enamoramos perdidamente de Toño.

Catorce años después, lo vemos vestido con un traje muy formal dando un concierto en Londres, como baterista de la banda de jazz de su escuela. El corazón nos explota de amor y de orgullo ¡qué joya!

 Desde hace ya unos años, él y su familia se fueron a vivir a Los Ángeles. Estoy consciente de que como abuelos nos hemos perdido de muchos de esos hermosos e incomparables momentos ordinarios, tanto con él como con sus papás y con Emilio y Mateo, sus dos hermanos menores. Cuando lo vemos –con suerte, cada tres meses–, su altura, su cara y el tamaño de sus zapatos son diferentes. Así es y así nos tocó; mientras tanto, tratamos de convencernos –de hecho, estamos seguros– de que muchas otras cosas lo compensan. Es por eso que atesoramos enormemente los momentos de convivencia. Pablo, mi esposo, y yo buscamos esas partículas de tiempo como unos obsesivos coleccionistas de joyas.

 Ir a verlo a la capital de la Gran Bretaña era, a todas luces, un pretexto irrefutable. Poder ver a través de sus ojos azules y jóvenes la vieja ciudad, no tuvo precio. Atestiguar durante quince días los cambios en su manera de pensar, con una mente ya más madura, y ver la manera en que su personalidad comienza a perfilarse y a tomar un rumbo definido, pero, sobre todo, convivir y apreciar la relación que tiene con sus papás, con nosotros y con sus hermanos, la transparencia de su alma y nobleza de corazón, amplió enormemente nuestra colección de piedras preciosas. Por esos momentos, por estas joyas verdaderas, puedo decir que me considero una persona millonaria.

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