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¿De qué se acordarán los niños cuando sean grandes?

Fecha 2017-12-21 14:05:42

Vestidos de manera elegante, apenas asomamos la cabeza de la mesa. Mis siete hermanos bien peinados, junto con mi abuela y mis papás, cerramos el círculo de la mesa navideña. Atrás escuchamos el disco de Navidad de Ray Coniff, que año con año mi papá nos pone.

 La casa está iluminada más de lo usual, se percibe el aroma del pino natural adornado y sobre las mesitas de la sala están ese Santa Claus de pasta y esa vela roja que me fascinan y que marcan también, año con año, que ya llegó esa época taaan esperada en la que me siento feliz, parte de una familia que me quiere y anticipo los regalos que aparecerán, al día siguiente al pie del árbol.

 La vajilla especial que en el año nunca usamos, nos presenta el consomé, el pavo y el bacalao que mi mamá ha preparado con esmero. Nuestros dedos se extrañan al tomar la copa de vino que mi papá nos sirve a todos para brindar: –Es una ocasión muy especial 

–nos dice–. –Es Navidad. Los hermanos, entre risitas, degustamos el extraño líquido sin comprender bien a bien en dónde radica su placer.  Lo que sí sabemos con certeza es que estamos felices.

 Al concluir la cena, mi papá provoca que cada uno de nosotros digamos en voz alta, las cosas que agradecemos a Dios de este año y lo que le queremos pedir para el año que entra. El corazón nos late fuerte de saber que nuestro turno se acerca, tartamudeamos al hablar, sin embargo, la cercanía que se crea entre todos se queda grabado para siempre. Ahora, de adultos, seguimos con ese pequeño y significativo ritual.

 Esa noche en mi niñez, me acuesto con sentimientos encontrados; con la nostalgia  de pensar que falta toooodo un año para volver a vivir la Navidad, y la emoción de saber que Santa Claus nos agradecerá el vaso de leche y pan que le dejamos encima de la chimenea, así como de encontrar un regalo bajo el árbol, al día siguiente. 

Sigamos con las tradiciones y hagamos ritos

Es un hecho, estamos abandonando las tradiciones y los ritos. ¿De qué se acordarán los niños cuando sean grandes? ¿De las prisas? ¿De las lentas horas en el coche? ¿Del tumulto en las tiendas? ¿Del mal humor de sus papás en esta época?

 ¡Tenemos que crear ritos! Son más importantes de lo que creemos, porque constituyen esas actividades predecibles en la vida de la familia, sirven como anclas psicológicas sobre los valores y creencias que tenemos y nos dan un sentido de estabilidad, de pertenencia y significado: nos hacen sentir parte de algo mayor.

 Nada es más gratificante y satisfactorio en la vida que sentir el cariño de los nuestros. De sentirte parte de una familia. Es una sensación que algunos privilegiados percibimos desde la niñez sin razonar y que marca nuestra vida de adultos. Sin percatarnos de su importancia, esta sensación se convierte simplemente en el tapete que nos sostiene, que nos eleva la autoestima, que nos da sentido de pertenencia y un lugar en el mundo. 

 Ahora que tengo hijos y nietos, siento sobre mi la responsabilidad de tomar la estafeta y de hacerles sentir ese mismo sentimiento inigualable, que resulta de acumular esos momentos mágicos que nos da vivir las costumbres ancestrales que sostienen las tradiciones familiares y que forman parte tan importante en nuestras vidas.

 El poder de un ritual se basa en la repetición. Es importante comprometernos a hacerlo cada determinado tiempo: nada de cuando tengo ganas, sí y cuando no tengo ganas, no.

 No pienses que se requiere de una gran ciencia para crear ritos y tradiciones. Al contrario, existen tantas maneras de crearlos como familias que las sigan.

 Te deseo querido lector, lectora una muy Feliz Navidad.

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