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Equivocarse.

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Ese día confirmé, una vez más, que las cosas no suceden por casualidad. Lo que de momento parecía una contrariedad, con el tiempo tuvo beneficios.

Esa mañana mi esposo y yo nos levantamos temprano, nos bañamos, nos arreglamos y desayunamos rápido para salir rumbo al aeropuerto de Cancún y tomar el vuelo de las nueve de la mañana hacia la Ciudad de México.

El aeropuerto estaba repleto de vacacionistas deseosos de regresar a su origen, por lo que esperamos alrededor de cuarenta y cinco minutos en la fila para documentar el equipaje.

Por fin nuestro turno llegó. Al entregar en el mostrador nuestras identificaciones y datos del boleto impresos en una hoja, notamos que a la señorita de la aerolínea algo no le cuadraba. “¿Me pueden decir sus nombres, por favor? ¿Su destino?”, nos preguntó sin quitar la vista del teclado y la pantalla. Después de unos minutos hizo una pausa: “Señores, sus boletos no son para hoy, son para mañana”. “¿Cómo?”, le contestó Pablo incrédulo, pues siempre es el más cuidadoso con ese tipo de detalles.

Pues sí, a ninguno de los dos se nos ocurrió revisar los datos el día anterior. Tanto correr y levantarnos temprano para confirmar que nos habíamos equivocado: los boletos eran para el día siguiente. Así que con una mezcla de gusto y decepción –ya que la mente de los dos estaba encarrilada en el modo “trabajo“–, tomamos un taxi de regreso a la zona hotelera de Cancún, queríamos encontrarnos con nuestros hijos y nietos que viven en Los Ángeles y regresaban esa misma tarde.

A pesar de tener el pendiente de escribir esta columna –como lápida del Pípila–, pensé que nada es comparable a lo que un rato de juego con mis tres nietos me regala; por lo que saqué el traje de baño de la maleta para meterme a la alberca y nadar con ellos. Por una u otra razón me quedé sola en el agua; nadie se metió, cada quien tenía sus propios pendientes. Aún así disfruté de la vista y del espléndido día que el 2015 me regalaba. Después de una hora, me disponía a salir de la alberca cuando vi a mi hija Carla salir del mar para dirigirse hacia donde yo me encontraba. Decidí esperarla y valió la pena.

La distancia y nuestro diferente carácter no hacen posible ni frecuente tener una plática profunda entre las dos. Al principio platicamos de temas superficiales, pero poco a poco nos adentramos en asuntos más profundos, mismos que en diez días de convivencia nunca nos dimos la oportunidad de tener. Fue una de esas pláticas que como mamá agradeces al cielo por haberla tenido.

Platicamos de las energías que se transmiten de manera inconsciente de generación en generación: de abuela a madre y a nieta; de lo mucho que nos afectan y lo poco que las enfrentamos. Pero que al nombrarlas nos enseñan, ya sea a continuarlas o a cambiarlas por completo.

También hablamos de las emociones y los sentimientos archivados en la memoria, mismos que de seguir guardándolos no ayudan en nada. Lo que sí beneficia, no sólo a fortalecer una relación sino a expiar los demonios propios, es hablar las cosas. Comprobamos que, de manera extraña, al poner las emociones en palabras, éstas se exorcizan, se van.

En lo personal me percaté, sin comprenderlo del todo, lo mucho que evado y temo tener este tipo de conversaciones íntimas, pues anticipo, sin razón, que me van a incomodar. Es todo lo contrario.

Después de una hora intensa, Carla tenía que tomar el vuelo de regreso, por lo que me quedé en la alberca, pensando: ¡Qué bueno que nos equivocamos! Comienza bien el año…

 

Foto vía http://cdn.theatlantic.com/

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