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Una lección que nunca olvidaré

Fecha 2018-03-02 10:45:53

Una lección que nunca olvidaré
Gaby Vargas
 
“Ojalá no me toque con ellos en la mesa”, le comentó Lucía a su esposo, al ver a una pareja incorporarse al grupo en el lobby del hotel, para más tarde entrar al salón a cenar. La distribución de las mesas sería totalmente aleatoria.
Se trataba de una cena en la oscuridad, organizada por la fundación Ojos que Sienten, para crear conciencia de las dificultades y el desarrollo de habilidades que una persona invidente tiene para llevar a cabo el acto, en apariencia sencillo, de consumir alimentos. Toda una experiencia para quienes damos por hecho el privilegio de la vista.
“Para escapar de cualquier rayo de luz entramos por un pasillo oscuro que serpenteaba, hasta internarnos en la oscuridad total del comedor. Nuestros guías eran personas invidentes que nos sentaron al azar.
“Los compañeros de mesa –desconocidos por completo– comenzaron a llenar las sillas y la conversación, al principio un poco forzada, comenzó a fluir. Uno a uno los platillos llegaron para retar nuestra imaginación con sus texturas, colores y sabores. '¿Qué es esto?', nos preguntábamos mientras entre risas y asombro decodificábamos lo que introducíamos a la boca con los cubiertos encontrados a tientas.
“Para no hacerte el cuento largo, Gaby –continuó–, durante la noche nos divertimos mucho, descubrimos que teníamos muchas afinidades con los otros comensales. Al término de la cena, encendieron las luces y ¿cuál crees que fue nuestra mayor sorpresa? Que las personas a quienes tanto aprecié durante la experiencia a ciegas eran esa pareja que mi juicio había tachado a priori como no deseadas. ¡No sabes lo mal que me sentí! Aprendí una gran lección.
 
La dieta del “no juicio”
Hoy en día, juzgar se ha convertido en algo natural y automático. Y cuando se trata de separar, analizar y categorizar, no hay quien le gane a nuestra mente. ¡Claro! Su tarea es vigilar nuestra supervivencia, lo cual se agradece... en ciertos casos. Pues en ocasiones es un hábito arraigado que nos convierte en personas rígidas, juzgonas, negativas y soberbias, lo que de inmediato nos aleja de los demás sin necesidad de palabras: la energía que emanamos siempre se siente.
         Lo curioso del caso es que cada vez que invertimos energía en juzgar al otro, creamos una atmósfera interna de incoherencia y estática que a quien daña es, por supuesto, a nosotros; mientras a quien juzgamos se pavonea tan quitado de la pena.
         Ya que tantas dietas nos gusta hacer, ¿por qué no adoptar la dieta del “no juicio”? Ver las cosas y a las personas desde un punto neutro, abierto y receptivo. Para lograrlo necesitamos invitar como socio a nuestro observador interno, a ese que está más despierto que nuestro crítico implacable y que reside en el corazón. Donde él vive la vida es buena, las personas tienen siempre una virtud que enseñarnos, las cosas se ven con mayor claridad y no somos ni mejores ni peores que el otro; simplemente somos seres que comparten una vida humana y tratan de hacerlo lo mejor posible.
         Te invito y me invito a crear por un día la intención de no juzgar. Cuando sintamos que el juicio o la crítica llega, notemos cómo nos hace sentir (casi siempre contraídos y pesarosos). En cambio, cuando lo evitamos, la sensación es de ligereza y apertura. Como diría Graham Green: “Si supiéramos el último porqué de las cosas, tendríamos compasión hasta de las estrellas”.
         Eso es lo que la inteligencia del corazón nos aporta, una ventana con más luz y más aire, desde donde la vida se observa a partir de la esencia, la bondad y el milagro.

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