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¿Cómo hacer un buen año?

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Llevábamos 45 minutos nadando en un mar exaltado por un norte que entró en Cancún esa mañana de diciembre. Eran las 7:00 de la mañana y el reto futuro de llegar a nado a Isla Mujeres con un grupo de amigos en el mes de junio nos hizo ignorar las condiciones nada favorables que el mar ofrecía. “Lo que no hace una mamá por convivir con sus hijos”, pensé.

Nadábamos de crol, la visibilidad dentro del agua era muy poca, el viento estaba helado y al tratar de respirar lo que con frecuencia lográbamos era tragar bocanadas de agua salada. Los cuatro nadadores intentábamos mantener el ritmo. El objetivo de ese día era rodear el faro que se encuentra en Punta Cancún para pasar al otro lado.

—¿Podrás, mamá?, me preguntó mi hijo Pablo.

—¡Sí, claro!, contestó mi orgullo.

—Vas a tener que meterle más duro durante un buen tramo, porque la corriente es fuerte y va en contra. Pero una vez que pasemos el pedazo difícil, estará mejor. Sólo mantente pendiente de las lanchas que pasan por aquí, porque las olas están muy altas y no nos ven —me dijo Pablo, quien con los otros dos amigos ya había cruzado anteriormente ese tramo difícil varias veces.

“No puedo quedarme atrás, no quiero echarles a perder su plan, ni tampoco me puedo quedar sola aquí”, pensé, así que no me quedó de otra.

Di varias brazadas tan fuerte como pude. El esfuerzo era inútil. Permanecía exactamente en el mismo lugar, sin avanzar nada. ¡Qué impotencia! La grandeza y la fuerza del mar eran avasalladoras, aplastantes. Volví a intentar. Forcejear con el oleaje, ¡me hacía sentir tan insignificante! Además, la energía reservada para el regreso —en mi caso— se agotaba, por lo que decidí guardar el orgullo, fluir con la corriente y esperarlos humildemente.

Mientras lo hacía pensé que pasa igual con la vida que con la fuerza abrumadora del mar: es inútil pelear con ella.

Al inicio del año, las expectativas y los cuestionamientos sobre lo que éste nos deparará afloran. Seguramente la vida en este 2011 vendrá cargada con todo su colorido de experiencias. Habrá sin duda muchos motivos por los cuales gozar y festejar. Asimismo, quizá venga uno que otro sinsabor cuyo control esté fuera de nuestras manos.

Si no puedo pelear con la vida, entonces me pregunto: ¿Qué y cómo puedo hacer para que en general este año sea un muy buen año?

Nunca olvidaré la respuesta de un amigo cuando le pregunté: “¿Cómo estás? ¿Cómo vas?”, después de que sufrió un serio accidente de coche que le dejó múltiples fracturas y lo obligó a estar fuera de circulación por más de seis meses: “Muy agradecido con la vida, Gaby. La vida es tan fuerte que supera todo”. Fue como una epifanía, por primera vez me percaté de la grandiosidad de La Vida a la que él se refería. El sol, el aire, las plantas, la cotidianidad, la belleza. Esa es la vida: impalpable, presente, constante. Es como ir en un avión que traspasa las cerradas y oscuras nubes para encontrarnos con que el sol siempre ha estado ahí.

Esas atribulaciones, sinsabores o pequeñeces que de momento nos ahogan, a la vida no le impiden seguir su curso, su ritmo, su deber. Dichoso deber. La vida siempre está aquí. La mejor forma de valorarla, cuidarla y disfrutarla es aceptar la inutilidad de forcejear con su oleaje y agradecer, agradecer, agradecer todo aquello que en la ceguera damos por un hecho o sentimos merecer; es controlar nuestra natural tendencia a hacer comparaciones; es elegir ver las bendiciones en lugar de las faltas. Nada más. Tengamos pues, un buen 2011.

 

Foto vía http://www.abundantia-jp.com/wordpress/

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