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El mensaje está en el viento

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Un día los elefantes sintieron la muerte de su protector. La gente aún no se puede explicar cómo fue que, tras el deceso, dos manadas de paquidermos salvajes de distintas regiones de Sudáfrica atravesaron Zululandia en un viaje dos días, hasta llegar a la casa de quien les había salvado la vida para agradecerle y despedirlo. ¿Cómo lo supieron?

Los seres humanos estamos tan saturados de ruido y tecnología que hemos olvidado la conexión con la naturaleza y todo lo que ella tiene que enseñarnos. Hemos creído, sin pensarlo dos veces, que tanto las plantas como los animales carecen de ciertas cualidades y habilidades. Lo cierto es que basta observarlos para darnos cuenta de que tienen capacidades que los humanos todavía no hemos alcanzado a comprender.

Esta es la historia de Lawrence Anthony, un espíritu libre y protector de animales salvajes, mejor conocido como “el Murmurador de Elefantes”, que vivía en Thula Thula, una reserva de vasta extensión en el centro de Zululandia o Reino Zulú, que es el hábitat de muchos animales salvajes.

—¿Le interesaría adoptar una manada de nueve elefantes? —escuchó en cierta ocasión la pregunta al otro lado de la línea. Su interlocutora era Marion, la directora de una asociación protectora de elefantes, y a quien no conocía—. Si en 15 días nadie los acepta, morirán. La verdad es que nadie los soporta por agresivos y destructores —continuó la mujer—. La líder de la manada se ha vuelto experta en tumbar cualquier barrera, e incluso es capaz de sostener con los colmillos los alambrados con alto voltaje y aguantar la descarga, para que ella y su manada puedan escapar.

Conocido por su habilidad para calmar a elefantes agresivos, Lawrence ya tenía sus propios y variados problemas; sin embargo, lo conmovió el valor de la elefanta líder, y cuando escuchó la palabra “morirán” decidió jugársela y adoptarlos.

—¿Estas loco? —le protestó su personal. Esta manada odiaba a los seres humanos, y con razón: años atrás, la mitad del grupo había sido asesinada, dejando a un elefante bebé y a varios pequeños sin sus padres.

Pero no había marcha atrás. Una vez decidido, Lawrence y su equipo se apresuraron a cercar la propiedad con un alambrado eléctrico de 8000 voltios, suficientes para repeler valga la expresión a un elefante. Desde su arribo, Nana, la matriarca de la manada, se mostró agresiva y violenta; incluso logró derrumbar la cerca para escapar. Sin embargo, todos los elefantes fueron atrapados nuevamente. Lawrence intentó de todo para apaciguarlos, pero nada funcionó. Luego, un día, en lugar de matarlos, decidió dejar su casa e irse a vivir con ellos.

“Para salvar su vida tengo que hablarles y darles de comer. Sobre todo, tenemos que conocernos, tenemos que convivir día y noche”, se dijo, y así lo hizo; incluso comenzó a tocarles la armónica, lo cual funcionó de maravilla. Todo esto lo describe en su libro The Elephant Whisperer.

Tiempo después le ofrecieron otro elefante “problema” que se había quedado solo después de que los cazadores furtivos habían matado o vendido al resto de su manada. Tuvo que iniciar todo el proceso una vez más, hasta que se ganó su confianza. Y así, poco a poco, este hombre adquirió su reputación y fama.

—Los elefantes no pueden comprender el una computadora, pero tienen una comunicación, física y metafísica, que dejaría a Bill Gates con la boca abierta. Nos llevan la delantera notoriamente de muchas maneras —afirmaba Lawrence.

Debido a éste y otros ejemplos, estoy convencida de que todas las especies vivas intentan comunicarse entre sí, y también con nosotros. Si las escucháramos aprenderíamos mucho. Sólo hay que tener el corazón abierto para darnos cuenta de que el mensaje está en el viento. ¿Lo escuchas? 

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