el amor que dura

Decir que alguien lleva 30 o 40 años de casado –felizmente casado–, es algo parecido a decir que en su casa utiliza un teléfono de disco giratorio. Quienes lo hemos logrado podemos afirmar que el amor que dura quizá no tiene las chispas y explosiones de antaño pero, como el mar, es profundo, tranquilo y tan grande que a veces sientes que te envuelve por completo y sale de ti por cada poro de la piel.

¿Cómo se forma ese amor que dura, qué lo sostiene? El verdadero amor no sólo es el que demanda el cuerpo, pues reside en el alma.

El alma del amor

Imagina el alma como una casa: en la entrada tiene un gran portal que la comunica con la calle, es la parte externa que permite tener contacto epidérmico y social con mucha gente.

Después hay una segunda habitación, la “sala de estar”. Ahí recibes a todos aquellos con los que compartes actividades, el trabajo, el estudio, las clases, en fin, con quienes tienes cosas en común.

Más adentro se encuentra una tercera habitación, más reservada: el comedor. En él sientas únicamente a tu familia, a tus seres más queridos e íntimos. Hasta ahí pueden entrar muchos de tus amigos.

Por último hay un recinto privilegiado: el dormitorio, que se comparte con la persona con quien te comunicas en lo más profundo, el ser más preciado para ti, el más íntimo: tu pareja.

Cuando nadie entra al dormitorio sientes nostalgia. Esa puerta no puede abrirse ni a tu mamá ni a tu hermano ni a tu mejor amiga o amigo, porque en esta habitación ninguno tiene respuestas para ti ni tú para ellos.

Sin embargo, cuando alguien llega, como en los cuentos, con la otra mitad de la naranja e intuyes que esa es la persona que puede acceder a dicho recinto se produce una adivinación recíproca. En ti surge una nueva forma de sentir, soñar y esperar, la cual estaba a la espera de que juntos la descubrieran.

Entonces te parece que despiertas a aquello que estaba dormido, latente. Tu identidad, femineidad o masculinidad emerge como nunca, como algo muy fuerte y al mismo tiempo muy frágil.

Por eso, ninguna otra experiencia humana nos hace sentir tan plenos como cuando llega ese momento. El alma y el cuerpo trascienden más allá del placer físico cuando se adivina el verdadero amor, el amor que dura. Pero ojo, es entonces que empieza en la pareja el reto de conservarlo. Los dos son cocreadores y responsables. Ambos deben tener presente lo que dice Un Curso de Milagros: “Aquello que falta en una relación, es lo que tú no has dado”.

Lo que ayuda a hacer prosperar ese amor:

  • Cuida los pequeños detalles con esa persona. Como en un noviazgo, sé cariñoso, da abrazos, prepara su platillo favorito, escucha con atención sus palabras, agradece lo que hace por ti, festéjala, mírala con aceptación.
  • Recuerda que el encanto físico o personal no es suficiente. Si bien es importante cuidar el aspecto y arreglo personal, no pueden ser la base de la relación, pues el amor puede caer en la trampa de la seducción y la fragilidad. Tu pareja, en cualquier momento puede ser arrebatada por alguien con más atractivos. Cultiva tu y su interior; que tu manera de ser y hacer obligue a que el otro te extrañe y te necesite.
  • Procura viajes, salidas a comer y actividades en pareja. Estas ayudan a mantener el “nosotros” y evitar convertirse en socios de su empresa llamada “familia”.

La historia de amor está en nuestras manos. No es magia ni es fácil, hay que escribirla; pero la satisfacción de seguir tomados de la mano a través de los años es tan plena que todo el esfuerzo realizado da sus frutos.

Cultivemos el amor que dura.