el cielo y el infierno coexisten

Esa mañana de sábado –un día sin itinerarios ni expectativas, de no hacer nada para quienes somos afortunados, – me recosté sobre el pasto para descansar, después de haber andado en bicicleta varios kilómetros. Al observar el cielo y las nubes en un silencio que sólo el campo tiene y sin pensar en nada en particular, tuve esa extraña y placentera sensación de simplemente ser, misma que llegó sin buscarla y que se olvida en el ajetreo de la vida diaria.

 

Me di cuenta de que, a pesar de las situaciones difíciles por las que pasemos, en esos instantes sentimos el cielo, la existencia converge y todo se vuelve armonía. En la vida diaria, ¿se puede elegir llegar ahí?

 

La vida es perfectamente imperfecta. El cielo y el infierno coexisten hombro a hombro, no tenemos que morir para conocerlos. Sin importar dónde, cómo o con quién te encuentres, en un segundo puedes cambiar de un lugar espacioso, tranquilo y abierto, al infierno que te succiona en un instante. Algo aparece en la mente; mientras, en el exterior, nada cambia.

 

El cielo y el infierno son un estado mental. Aquella frase de Buda: “El dolor es inevitable, el sufrimiento es opcional”, lo comprueba.

 

Te comparto un cuento zen que habla de lo que en realidad son el cielo y el infierno:

 

Un guerrero samurái fue a ver al maestro Hakuin y le preguntó:

—¿Existen el cielo y el infierno, dónde están las puertas que llevan a uno y otro, cómo puedo entrar o evitarlos?

Hakuin le respondió con una pregunta:

—¿Quién eres?

—Soy un samurái –le respondió el guerrero–, un jefe de samuráis. Hasta el emperador mismo me respeta.

Hakuin se rio y contestó:

—¿Un samurái, tú? Pareces un mendigo.

El orgullo del samurái se sintió herido y olvidó para qué había ido. Desenvainó la espada y estaba a punto de matar a Haukuin, cuando éste le dijo:

—Esa espada, esa ira, le abre la puerta al infierno.

Inmediatamente el samurái entendió. Puso de nuevo la espada en su cinto y Hakuin dijo:

—Y ésta es la puerta al cielo. Ambas puertas están dentro de ti.

 

Te invito a traer a la mente algo con lo que te haya sido difícil lidiar en estos últimos días ¿Qué sucede en tu interior? Ahora respira e imagina que sólo el amor te rodea sin temores ni preocupaciones. En un segundo tu estado interior cambia.

 

No cabe duda: la armonía es mental, no depende del afuera. ¿Qué decides albergar en la mente y el corazón? Basta un pensamiento de estrés o enojo para crear emociones que vuelven caóticos nuestros ciclos biológicos y afectan a cada órgano, sistema y célula del cuerpo.

 

El patrón rítmico del corazón se afecta con cada emoción y pensamiento que albergamos, al sentir gratitud o amor, los patrones del corazón se vuelven suaves y rítmicos como las olas. Cuando somos testigos de esa cadencia entendemos al instante lo que significa para la ciencia entrar en un estado de coherencia. Algo, que el sentido común define como “estar en el cielo”. La tecnología nos lo puede mostrar en la pantalla del celular, a manera de biofeedback, gracias a un sensor que se coloca en el lóbulo de la oreja. Si pudiéramos comprender lo anterior, elegiríamos mejor nuestras batallas internas.

 

El cielo aparece sólo en el presente, cuando la mente se aquieta, disfruta, aprecia lo que le rodea. Si bien, en ocasiones es un regalo que emerge, por lo general se nos pide abrir de manera intencional esa puerta mental para vivir con salud y en armonía, a pesar de las tribulaciones o del espacio donde nos encontremos.

 

Sí, el cielo y el infierno coexisten aquí y ahora. Es nuestra elección decidir, dónde queremos vivir, una cuestión de conciencia.

 

 

 

 

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