el perfume del espíritu

Pensemos en personas elegantes. Por supuesto, las primeras que vienen a mi mente son las legendarias Jackie Kennedy, Audrey Hepburn o Lady Di, en su momento; hoy en día podríamos nombrar a Kate Middleton, Chiara Ferragni o Kate Blanchett; y hombres, se me ocurren Matthew McConaughey, Bradley Cooper o al príncipe Carlos de Inglaterra, por nombrar algunos.

 

Pero ¿qué es ser elegante? Primero decir que no se trata de las prendas que se traigan puestas, ni de la riqueza o falta de ella, ni de las cualidades externas, como se puede ver en la película House of Gucci, donde el papel de Patrizia, interpretado por Lady Gaga, muestra una mujer envuelta en joyas y ropa de marca, que carece de esa cualidad. Ni la ropa ni los cosméticos logran ocultar la banalidad albergada en el alma.

 

La palabra elegancia proviene de “elegir” y hace referencia a una elección interna: elegir con inteligencia cada paso que se da, una actitud hacia la vida, la forma de conducirse, ser o presentarse; en ello radica su valor.

 

Aunque hay cierta elegancia innata, que por lo mismo es intangible y misteriosa, también existe aquella que se logra. Ambas se detectan de inmediato y son especialmente atractivas. Las personas que poseen elegancia dicen todo sin decir nada, su personalidad es más importante que las cosas que portan.

 

Recuerdo un maestro que tuve cuando estudié consultoría de imagen en San Francisco, California, que nos decía: “Si puedes describir tu prenda a una amiga por teléfono y te entiende, entonces es elegante, si no, es complicada y nunca elegante”.

 

¿Cómo se logra la elegancia y en qué consiste ésta en verdad?

 

El filósofo Miguel Ángel Martí describe la elegancia como “el perfume del espíritu”, así también titula su libro, lo que me parece precioso.

 

La elegancia tiene que ver con una forma de ser, con la delicadeza, la educación y un modo de conducirse en el mundo. Estas maneras sólo son el efecto de la elegancia de espíritu. Lo que somos por dentro es lo que manifestamos por fuera y nunca se puede ocultar. No es posible afirmar que si alguien es educado o tiene abundancia material es elegante. Hay una calidez y sencillez en la persona elegante que se capta con el alma.

 

Ahora, la elegancia no es una cualidad que se dé de vez en cuando o en una circunstancia determinada, porque, en realidad, más que “estar elegante”, de lo que se trata es de “ser elegante”. Los detalles en la calidad humana cuentan.

 

Podríamos decir que es elegante quien en una conversación sabe escuchar y callar en el momento adecuado, cuida lo que dice para no caer en una palabrería que aburra o atosigue. La elegancia se trasluce en el modo de llevar la conversación, los temas que se traten, los que se omiten y, por supuesto, en el vocabulario que se utilice. La forma de hablar y conducirse de una persona siempre dirá más que su indumentaria.

 

La elegancia conlleva una fuerte carga de sensibilidad y de cariño, que, después de todo, es lo que hace la vida agradable.

 

Me gusta la conclusión de Martí en la que afirma que la diferencia entre estar o ser elegante se muestra cuando ésta es parte de todo nuestro ser: radica en la manera de hablar y moverse, en la expresión del rostro, el vocabulario que utilizamos, las prendas que elegimos, los temas de conversación, el modo de resolver las situaciones conflictivas, el tono de la voz, el respeto que manifestamos y los detalles de educación. ¡Y, por supuesto, todo esto se efectúa con sencillez y naturalidad! Así como ves, querido lector, querida lectora, ser elegante es algo más que estar elegante.

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