el poder de la certeza

Hace un tiempo discutía enfadada con una de mis hijas, mientras bajaba las escaleras empedradas de una vieja hacienda en el estado de Yucatán. En uno de los escalones pisé en falso y me torcí el pie. El accidente, claro, no fue casualidad, lo causó mi estado de desarmonía y el hecho de no estar presente en mis acciones.

 

Así de simple, estamos en un universo en el cual todo es vibración, nos regimos por el principio según el cual vibramos lo que somos y atraemos aquello que vibramos. Es posible que nadie, además de nosotros, detecte nuestra desarmonía interna, lo que no nos exenta de las consecuencias.

 

Es un hecho que nuestra frecuencia vibratoria puede cambiar durante la rutina diaria de acuerdo con el estado de ánimo, las horas de sueño, el estado de salud y demás. Sin embargo, para que algo se exprese se necesitan dos cosas: el sentir y el pensar, que representan las fuerzas creadoras, como lo son lo femenino y lo masculino. Juntos crean un campo electromagnético que transmite información que el universo replica como un eco.

 

Vivimos, experimentamos el sentir de nuestro pensar. Te invito a observar, por ejemplo, al quejoso a quien todos rehúyen, al optimista que emprende proyectos con éxito, al hipocondriaco cuyo tema constante de conversación son sus achaques, al temeroso al que muerde un perro y le pican los moscos cuando a nadie más le sucede, al que deambula por el mundo en modo “víctima” y claro, siempre le va mal, o bien a quien, con una actitud positiva hacia la vida, cumple los noventa años rodeado del amor de su familia. Esto como todo en la vida, es un tema energético.

 

Todos enfrentamos desafíos, nadie se salva. Sin embargo, cualquier reto lo podemos vivir desde la resistencia, el temor, el rechazo, la aceptación o la conciencia. El resultado, en cada caso, será diferente. ¿El obstáculo a vencer? La duda, esa asaltante que, como serpiente maligna, se desliza sigilosa para quitarnos la armonía y aniquilar cualquier sueño. Su manera de expresarse en nuestra vida es mediante los tropiezos, la enfermedad, la “mala suerte”, las desavenencias y demás.

En cambio, cuando el poder del amor, la certeza, la inspiración, el entusiasmo (Entheos, En + theos o dios dentro) nos habitan, nuestra energía es brillante, expansiva y luminosa. Por ende, los asuntos, las relaciones, la salud, los proyectos fluyen y se dan, como si un dios, en un rapto divino, tomara el mando de nuestra vida.

Hoy, el mundo, como es posible constatar, obedece no sólo a leyes lineales y replicables, como antaño se creía. Como especie, vivimos un cambio crucial de conciencia, incluso hasta de era. Es por eso que emocionan estos tiempos en que la ciencia se abre a la comprensión de la relación que hay entre nuestra biología, espiritualidad y actividad neurológica; tal como lo demuestra la debilitación de nuestro sistema inmunológico cuando el temor nos secuestra.

 

Ese poder de elegir –privilegio de los seres humanos– es capaz de crear milagros. No es necesario enfadarnos o discutir con alguien para propiciar un tropiezo; basta traer a la memoria un momento de plenitud o resentimiento, para que nuestra energía cambie radicalmente.

 

No cabe duda que cada paso, cada iniciativa, cada decisión es una aventura en la que somos la fuerza creativa de aquello que amamos o soñamos hacer. En ese camino todo se imbuye de la energía con la que hacemos las cosas. Necesitamos hacer del pensar y sentir con certeza, amor, entusiasmo por la vida y por lo que hacemos, un hábito, para que el mundo así nos lo regrese.

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