el sonido de las chicharras

En la noche salí a dar una vuelta en la casa en la que me encuentro de visita en las afueras de una ciudad. Al abrir la puerta escuché un sonido que hacía años no percibía y que de inmediato me transportó a los veranos de mi infancia: el canto de las chicharras. En segundos me hipnotizó. Me quedé de pie a escuchar ese concierto que, podría decir, para quienes vivimos en ciudades de concreto, es un reencuentro con la naturaleza y el sonido de las vacaciones.

 

La melodía resuena con varias épocas de mi vida. Me senté en el escalón de la entrada y pensé que la primera vez que escuché tal maravilla fue una noche mientras los primos jugábamos bote pateado en la casa de mis abuelos en Cuautla, Morelos. Las risas que acompañaban el juego nos hacían sentir grandes, libres y cómplices de compartir momentos mágicos.

 

Sin embargo, había algo más allá de ese sentir, algo en el conjunto que formaban la noche y la alegría de correr, aunado a la música de las chicharras de fondo. Ese algo, de manera enigmática, resonaba con vislumbrarse por vez primera a uno mismo como persona; eran instantes en que sentíamos que algo nuevo, innombrable y desconocido se adentraba en nuestro ser. Al mismo tiempo, la sensación se acompañaba de nostalgia por la infancia, la cual advertíamos que dejábamos atrás y se alejaba.

 

Después, el sonido de las chicharras me transportó a los campamentos en los que con mis amigas nos sentábamos alrededor de una fogata para cantar al ritmo de una guitarra y contar historias de terror sobre la Hacienda de Montefalco, en la que nos hospedábamos. La melodía de los insectos acompañaba la energía de grupo y amistad, revestida con la admiración por nuestro líder en ese momento, en una edad en la que el sentido de pertenencia y aceptación era lo único que anhelábamos.

 

Momentos en los que también descubrimos que mirar el fuego nos llevaba a un silencio, una dimensión interior nueva, misteriosa y más profunda, pero todavía, inefable. Era el encuentro con el primer trabajo interior. Y ese fuego hacía resonancia con una chispa propia que nos despertaba a una nueva etapa de la vida deslumbrante y prometedora, la de ser joven, en la que pronto conoceríamos los encantos del amor.

 

Más tarde, ese concierto nocturno me transportó a las fiestas de adolescente en Cuernavaca, en las que el primer amor se inauguraba. De novios, Pablo y yo –como siempre teníamos “chaperones” enviados por mis papás– buscábamos escaparnos y salir del ruido para encontrar un rincón oscuro y poder besarnos. Esas sensaciones nuevas se inauguraban con el sonido de las chicharras de fondo.

 

Cuando por las noches en Tepoztlán, Morelos, en casa de sus abuelos, mis hijos salían al jardín a jugar escondidas con sus primos, también escuchaba la sinfonía de las chicharras mezclada con sus risas y diversión y sentía en la piel la felicidad, que un día sentí, de descubrirse como individuos. Noches que se vuelven inolvidables para todos quienes las viven.

 

Hoy, aquí, en la casa frente al bosque, donde mis nietos se encuentran y el concierto de las chicharras emerge a través del silencio de la noche, puedo reconocer su origen sagrado y la pertenencia de cada uno de nosotros a esa naturaleza, misterio y belleza. No cabe duda que somos uno, no estamos separados, para ello no existe una explicación racional, pero se siente como una verdad profunda. De esta manera, una vez más en mi vida, el canto armonioso y constante de las chicharras me reconecta conmigo misma, con lo que extraño y con el motivo por el que tanto me gusta escucharlas: me dan una profunda paz.

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