Hay amores que matan…

Antes de juzgar el caso que te voy a presentar, considera la posibilidad de vivir lo mismo sin ser consciente del todo y quizá en menor grado.
Claudia todo el día se preocupa por sus hijos. En su día a día sólo piensa en dónde andan, qué hacen por lo que varias veces al día los localiza por chat para preguntárselos; también investiga quienes son sus amigos, para ver si les convienen o no la relación y se angustia cuando tienen gripa, cuando salen de fin de semana o de vacaciones e incluso cuando está con ellos y hace un poco de frío, les pide que se abriguen. Estar con ella es aburrido porque significa escucharla hablar sólo de sus hijos.
Cualquiera de los que hemos sido padres, de algún modo podemos entender esto; lo que hace especial el caso de Claudia, es que sus hijos ya tienen ¡42 y 45 años de edad! Sólo que para ella, esa preocupación permanente significa que los ama, además de que es una forma en que encontró o creyó haber encontrado su valía personal.
Claudia, claro se encuentra llena de achaques como resultado de vivir en constante estrés, pero lo curioso es que ella no relaciona una cosa con la otra. Cuando sus hijos salieron de casa, cayó en depresión durante un periodo de seis meses. Su sentido de vida se había ido junto con ellos, sin embargo encontró la forma de seguir sintiéndose útil –según ella, ante los ojos de sus hijos a través de la preocupación. ¿Conoces a alguien así?

El cariño lo podríamos comparar con un abrazo
Si bien, esa obsesión la tenemos en general en el ADN de nuestra educación judeo-cristiana, tendríamos que despertar al hecho de que ser una madre preocupada no significa ser una “buena madre”.
Habría que considerar que ese sentimiento de ansiedad constante, nace del amor honesto y puro que toda mamá o papá le tiene a sus hijos. Es por eso que la sociedad lo acepta, lo nutre y lo refuerza; no lo ve como patología.
Lo irónico del caso de Claudia, es que los hijos por supuesto, la evitan en lo posible; lo que convierte su peor pesadilla, en realidad. Es obvio que ella tiene la mejor de las intenciones hacia sus hijos, lo que ignora es que aquello que dice la canción “Hay cariños que matan…” es cierto.
A este tipo de cariño “que mata”, se le llama sobre-cariño, un mal que –de no darnos cuenta, todos podemos caer en él, como pareja, como padres o como hijos en relación con nuestros papás cuando ya están grandes o incluso con un amigo o amiga también.
Cuidar de las personas que amamos está en nuestra naturaleza, todos lo hacemos y es lo que le da sentido a nuestras vidas, sin duda. Sin embargo, el cariño lo podríamos comparar con un abrazo; hay abrazos suaves, envolventes que nutren y reconfortan; y otros que de tanto apretar, asfixian y matan a la persona amada.
Hay una línea muy fina a penas perceptible, que divide el cariño y el sobre-cariño y que no sólo se aplica hacia los hijos sino en otras áreas de la vida también: en el trabajo, en un proyecto que necesitamos terminar a tiempo, en el arreglo personal, en la importancia que le damos a la opinión de los demás, en fin.
Síntomas
Los síntomas de haber caído en el sobre-cariño son los siguientes: no delegar nada, buscar o exigir perfección en los demás, auto-justificarse y querer controlarlo todo y lo más importante, no nos sentimos bien.
En cambio los síntomas de un cariño en balance es ser flexible, soltar, respetar, sentir conexión y seguridad en el otro, lo cual nos hace sentir satisfechos. Así de simple.

Hay otra área en las relaciones que –después de la de los hijos, es la segunda más popular: la pareja. ¡Claro! Porque una vez más, nace del cariño que tenemos por el otro. Y un tema recurrente es preocuparse por su salud.

Cuando uno de los dos es más consciente de cuidarse en general que el otro, puede empezar a colocar la lupa en el comportamiento de su compañero o compañera por ejemplo, en si hace ejercicio o no, en el tipo de dieta que lleva, en si ya consumió tres cervezas, o si va a repetir la dosis del pastel de chocolate, en fin que su mirada está en qué consume o deja de consumir su compañero o compañera de vida. Sobra mencionar lo estresante que esto puede ser en la relación.

¿Cariño o sobre-cariño?
La buena noticia es que podemos –con un poco de conciencia, distinguir entre los dos para evitar caer en lo tóxico del sobre-cariño. ¿Cómo?
Primero darnos cuenta de cómo nos sentimos. Cuando el verdadero cariño por alguien deja de sentirse agradable y se torna en enojo, en frustración, en preocupación o en tristeza, es momento de levantar la antena y cambiar de actitud, de abrir el corazón, de hablarlo o de pedir ayuda.
Tengamos en cuenta de que la vida es como el sol, no va a cambiar.
Si deseamos ver atardeceres o amaneceres hermosos en nuestras relaciones, los que tenemos que movernos somos nosotros. La vida seguirá siendo la vida y diversas situaciones nos seguirán poniendo a prueba.
Lo que ayuda como siempre es el trabajo personal, en especial lo que nos ayuda a contactar nuestro interior como la meditación, la respiración consciente, practicar yoga, cualquier cosa que nos lleve al centro de nosotros mismos para revisar en qué tenemos que cambiar antes de pedirle al otro que lo haga. Por que si…hay amores que matan.

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