los tres niveles de conciencia

Dentro de la Catedral de Nuestra Señora de Chartres, construida en el siglo xvii, ubicada más o menos a 80 kilómetros al sur de París, hay un laberinto enorme en el suelo de la nave principal. Alguna vez con un grupo de amigas tuve la oportunidad de recorrer, con pies descalzos y ojos tapados, una réplica exacta de este famoso laberinto en otro lugar. ¡Qué experiencia! Me abrió los ojos a percibir con claridad que cada persona tiene su ritmo, su paso, una guía interna para lograr que lo que todas deseamos: llegar al centro.

 

Dicho laberinto es el ejemplo visual exacto de cómo es la vida. Unos llegan más rápido y a otros, como tu servidora, nos cuesta más trabajo. No podemos apurar a nadie ni jalarlo a nuestro ritmo. Es un trabajo totalmente individual.

 

         “Si yo estuviera en tus zapatos y tuviera las herramientas que tienes, actuaría de la misma manera que tú”. Escuchar esa frase de Eckhart Tolle realmente me movió. Qué fáciles somos para tachar a otros y juzgar sus actos con superioridad o bien bañarnos en culpa cuando no actuamos con cordura o cuando sobre reaccionamos a alguna situación. ¿Sirve de algo?

 

         Cuánto bien nos haría recordar que nadie es perfecto para actuar con compasión, tanto hacia afuera como hacia adentro. Todos cometemos errores. Una herramienta dentro del recorrido puede ser el conocimiento de los tres niveles de conciencia que tenemos para elegir.

          

  1. Cuando la vida te pasa pensamos que no podemos hacer nada con respecto a lo que nos sucede y vivimos en modo víctima o sobrevivencia. Nuestro bajo nivel de conciencia nos hace ignorar que somos cocreadores de nuestras experiencias, por lo que tenemos una visión fatalista de la vida. Pensamos que fuerzas externas, más allá de nuestro control, nos impiden hacer lo que deseamos. Encontramos pretextos como haber vivido circunstancias poco favorables. Es más, es tal el adormilamiento que quizá ni cuenta nos damos de que vivimos con enojo, temor, desesperanza y no somos felices. “Así es la vida”, decimos con resignación.

 

  1. En la transición ya no aceptamos sentirnos mal como forma de vida. Nos percatamos de no querer ser víctimas y despertamos a la posibilidad de que, si podemos cambiar, ser más felices, más sanos, más productivos, más independientes y demás. Con la actitud adecuada, comenzamos a actuar y a sacar lo mejor de nosotros dentro de una situación difícil, para encontrar poco a poco sentido a nuestro dolor. Reconocemos con valor lo que hay que sanar y decidimos a pesar de todo, trabajar en ello.

 

  1. Todo está bien cuando somos más conscientes de ser seres espirituales que viven experiencias terrenales. Entonces es que podemos aceptar los retos de la vida como maestros para aprender, desarrollarnos y crecer. Comprendemos que, en el gran plan, todo sucede por y para nuestro bien, a pesar de que en el momento no lo podamos ver, lo cual es normal. Pero, ¿cómo saber que lo que nos pasa tenía que pasarnos? Simplemente porque ¡nos pasó! La vida es perfecta y lo único que busca es el desarrollo de nuestra conciencia. ¿Cuántas veces, a pesar de las experiencias dolorosas, recibimos grandes regalos totalmente inesperados? En esos momentos nos descubrimos más empáticos, auténticos, compasivos con los otros y agradecidos con la vida.

 

         Te invito a imaginar que tú y yo, antes de llegar a este mundo, elegimos las lecciones que recibiríamos aquí para elevar nuestra comprensión de la vida y enriquecer ese laberinto de Chartres, que no es otra cosa que el recorrido que todos transitamos para descubrir en el centro, nuestra propia magnificencia.

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