mi primera cita

Sabía que esa primera vez me costaría trabajo. Llegué al hotel por la mañana, me registré en la recepción y me dirigí al cuarto que me asignaron. Al cerrar la puerta sentí un enorme vacío. Había convivido con mi hija y nieta durante 13 días en los que, como en una fantasía, olvidé mi realidad. Sin embargo, el sueño había llegado a su fin.

 

Por vez primera viajé sola. Si bien, por trabajo, lo había hecho muchas veces dentro de la República Mexicana, esa ocasión era distinta. Llegué a la ciudad que nos recibió a Pablo y a mí en nuestra luna de miel, 50 años atrás; así como en otras tantas ocasiones: cada vez que había algo importante que celebrar, repetíamos la experiencia.

 

Por ello, en cada rincón me encontré a Pablo, que conocía a la perfección la historia de Napoleón, sus dotes de militar y estadista, pero a quien también admiraba como urbanista. No había una visita a la ciudad de París, sin que me hiciera ver los ejes, remates, trazos y monumentos creados por él en la gran ciudad.

 

Afortunadamente, tenía una reserva para comer una hora después de mi llegada, era en uno de los pequeños restaurantes que a Pablo más le gustaban y quedaba a sólo tres cuadras a pie. Así que me recompuse, desempaqué algo y me arreglé para enfrentar la primera comida sola de mi vida. Parece algo tonto, pero dadas las circunstancias, en el momento no me lo pareció.

 

Al arreglarme, me di cuenta de que lo hacía con esmero, como si fuera a tener una cita con alguien. No sé por qué lo hice, quizá porque se trataba de la primera cita conmigo misma. Sentir el aire en la cara y ver los árboles centenarios del bosque, me regresó al presente y me distrajo del temor, el gusto y la intimidación que me provocaba el encuentro.

 

“Una persona, a nombre de…”, me escuché decirle al mesero, quien, agobiado por tener el lugar lleno, me llevó a mi mesa. El corazón se me contrajo al ver que era la misma mesita en la que Pablo y yo nos sentamos la última vez. Tomé mi lugar, con la silla vacía al frente, y me di cuenta de que el primer impulso fue sacar el celular. Me rehusé a hacerlo, por ser una salida fácil, cuando yo quería vivir la experiencia de manera plena.

 

“Viajar sola es un músculo”, recordé lo que una amiga me había dicho. Iniciaba mi entrenamiento. Observé a las personas, a los dos meseros que atendían eficientemente el lugar. Saboreé con parsimonia hoja a hoja la alcachofa y la copa de vino tinto que pedí para comenzar. Percibí con detenimiento cada objeto de la mesa y cómo, al hacerlo, parecía que cobraban su sentido de ser: el florero, el pan, la servilleta, los cubiertos. “Las voces de lo cotidiano”, como diría Virgina Wolf.

 

Me di cuenta también de que a nadie le importaba si estaba sola o acompañada. Cada comensal estaba imbuido en su conversación, en su mente, en la energía de su mesa y acompañantes. Parecía una escenografía con sus personajes. Lo único con lo que tenía que luchar era con mi monólogo interno. Al contenerlo, me concentré en el momento presente y lo disfruté.

 

Me percaté de que, cuando se vive desde el amor, los momentos del día poco a poco dejan de ser dolor; la unión con el ser querido supera su ausencia: siempre nos acompaña por dentro. Sin embargo, vi con nostalgia a las parejas en sus mesas. “Qué afortunados son –pensé–, ojalá lo aprecien.”

 

Pedí la cuenta, pagué y salí del restaurante, no sin la satisfacción de haber librado esa primera vez, entre muchas otras que me quedan por experimentar. Me percaté de lo importante y necesario que es hacer esos pequeños actos de amor por uno mismo, tal y como los haríamos con el ser amado.

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