Muerte en vida

“He sufrido violencia psicológica y emocional desde hace 28 años, mi matrimonio es un encierro. No me permiten salir sola a la calle ni platicar con alguien. Es un infierno. No pude ejercer mi profesión. Tengo todas las enfermedades del mundo, entre ellas presión alta y colitis, y ni hablar del sistema nervioso: padezco angustia, depresión y ansiedad. Ahora tengo 47 años y mi cuerpo me está cobrando factura, no puedo más. Sé que nadie me puede ayudar si no soy yo quien da el paso.”

Si definimos la muerte como la extinción de la vida, podemos concluir que la vida de Laura es peor que la muerte en sí: muerta en vida. Te invito, querido lector, a que por unos segundos trates de entender qué significa esto, y después te preguntes cómo te sentirías si tú —hombre o mujer— fueras víctima de violencia física o sexual, si vivieras como Laura describe. O bien, ¿cómo reaccionarías si esta historia la escucharas en labios de una hermana o una hija? Te aseguro que en ti surgirían coraje, indignación y dolor que te llevarían a reaccionar y a levantar la voz.

No reduzcamos el tema a las estadísticas o los datos duros que leemos de manera distante en los periódicos, como si fuera algo que no nos incumbe. ¡Sí nos incumbe!

Una parte de lo preocupante es que no nos preocupa. Como país, estamos en un punto en el que nos hemos acostumbrado a la violencia, proceda de donde proceda. Pero, ¿hasta dónde y hasta cuándo lo permitiremos? Estamos sumergidos en la famosa “sopa de rana”, ¿nos damos cuenta?

 Hace poco platicaba con una persona de un documental que realizamos sobre la realidad de las mujeres en el país y su respuesta me dejó perpleja: “Gaby, pero eso ya es algo normal”. ¡No lo podía creer! Precisamente ése es el problema: verlo normal. Según el Inegi, una de cada cinco muertes violentas de mujeres sucede en casa.

Si en este México todavía queda algo de humanidad, si todavía las noticias sobre la violencia nos duelen y contraen el alma, hay algo de esperanza para no terminar convertidos en seres inertes, como el refrigerador de una casa.

No podemos ver la violencia como algo normal. Duele, lacera, marca y mata. En el diagnóstico del Programa Nacional para la Igualdad de Oportunidades y no discriminación contra las Mujeres 2013-2018 del gobierno federal, se dice que:

El 46.1% de las mujeres mexicanas mayores de 15 años ha sufrido algún tipo de violencia por parte de su pareja sentimental. ¡Casi la mitad de la población femenina!

A 42.4% se le ha humillado, encerrado, amenazado con correrla de casa, quitarle a sus hijos o matarla.

48% principalmente, insatisfacción emocional.

32% insatisfacción emocional junto con insatisfacción sexual.

12% otra / ninguna insatisfacción.

8%  principalmente insatisfacción sexual.

 

A 24.5% se le ha prohibido trabajar o estudiar, o se le ha quitado dinero o bienes.

Un 13.5% ha sido golpeada, amarrada, pateada; se le ha tratado de ahorcar, asfixiar o ha sido agredida con alguna arma por su pareja.

A 7.3% de las mujeres se les ha obligado a tener relaciones sexuales sin su consentimiento.

Lo anterior es una conducta imperdonable que nos regresa al estado más primario y salvaje del ser humano. Pero seamos optimistas. De la muerte nace una vez más la vida. Ese es el ciclo inevitable de la naturaleza que nos debe llenar de esperanza. En este caso la educación es el modo de regresar a la vida. Seguramente tenemos alguna mujer cercana a la cual podemos apoyar a que estudie y curse una carrera. Esto le evitará grandes problemas a ella, a sus hijos y al país. Te invito a hacerlo. Todos nos beneficiaremos.

Además, la indiferencia y la parálisis nos convierte, queramos o no, en cómplices del problema. Aquí te ofrezco una oportunidad Para que estudien enfermería:  www.institutomarillac.edu.mx

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