soltar el resultado

Las hazañas olímpicas tienen una dosis de milagro.

 

Concluyen los Juegos Olímpicos Tokio 2020 y el ser humano rompe de nuevo records históricos en diversos deportes que superan y desafían los límites de lo que parece imposible. Si bien se debe, antes que nada, a la dedicación en tiempo y entrega de los deportistas; influyen también los avances tecnológicos en materiales en pistas, trajes, diseño de tenis y equipo.

 

Sin embargo, algo sobre natural sucede cuando vemos una pelota imposible de cachar, una velocidad difícil de superar, una pirueta en el aire que pareciera hecha por un personaje de ciencia ficción. La cantidad de física que involucra, la velocidad, la trayectoria, el ángulo, la fortaleza y el control del ser humano, nos deja extasiados. ¿Cómo lo hizo! Exclamamos al ver la hazaña del atleta.

 

No sabemos cómo lo hacen, mas no lo hacen solos; hay otra fuerza que los acompaña. En los deportes como en cualquier campo, hay movimientos que no se piensan, no se calculan, solo se dan, se sienten, se intuyen; se hacen con determinación, libertad, coraje y gozo.  Cuando el atleta deja de pensar y más se deja guiar por ese sentir, esa sabiduría interior, entra en un estado fuera de tiempo y espacio al cual se le ha denominado flow en inglés, o estado de “flujo”. Se define como “un estado óptimo de conciencia en donde nos sentimos en magníficas condiciones y nuestro desempeño es inmejorable.

 

La mente en esos momentos no participa, ese otro tipo de fuerza que toma el mando es del espíritu; y es tan intenso el enfoque, que todo lo demás desaparece. La acción y la conciencia se funden. Nuestro sentido del yo desaparece. Y todos los aspectos físicos y mentales del deporte desaparecen también. De pronto, el deportista emerge como parte de un ballet cósmico en donde el resultado parece ya no importar. He ahí el misterio y la magia.

 

Una armonía entre el hacer y el ser, perfecta. Es decir, el hacer es lo instrumental, las horas dedicadas a entrenar, el equipo, la alimentación, la preparación mental, el dominio y demás. Sin embargo, todo ese hacer es lo que abre la puerta al ser, a lo no instrumental, al no esfuerzo, al milagro. Para que ese instante de gracia se dé, se requiere de una sola cosa: soltar el resultado.

En un cuento de una competencia de arco y flecha en Japón, el maestro Zen observa en silencio a uno de sus arqueros más experimentados y cómo éste falla una y otra vez al blanco.

 

--¿Por qué no lo estará haciendo bien? –alguien le preguntó.

--Su deseo de ganar drena todo su poder –contestó el maestro.

“Su deseo de ganar drena todo su poder”, ¡vaya frase!. Cuando enfocamos todo nuestro potencial sólo en el hacer, en analizar, en permitirnos voltear a ver al contrincante y comparar, el ego se atraviesa y la flecha se desvía. El secreto está en prepararnos con todo: cuerpo, mente y espíritu para después, soltar, soltar y soltar. Dejar ir el apego exagerado a obtener un resultado determinado, porque eso es lo que nos saca del momento presente para restar energía y atención a lo que hacemos. Es decir, no estamos totalmente ahí por querer llegar a ser.

 

Se requiere estar completamente inmersos en la actividad, estar totalmente unificados en el hacer y rendirse, para que la energía fluya a través nuestro y poder tocar así al Ser; entonces el empoderamiento sucede.

 

Los Juegos Olímpicos Tokio 2020 terminan. En ellos atestiguamos milagros. No a todos los atletas se les abrió esa puerta, solo a aquellos con un entrenamiento físico, mental y espiritual excepcional, pero sobre todo, a los que supieron soltar el resultado.

 

 

 

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