Sentí pena al ver el trabajo que le costaba a la señora acomodarse en el asiento del avión. Era una mujer joven, de cerca de 40 años de edad, que a su vez pudo percatarse de la incomodidad y el desagrado de sus vecinos. ¿La razón? Un grave problema de obesidad.
Una vez sentada, la señora llamó a la sobrecargo y con discreción le dijo: «Disculpe, ¿podría darme una extensión para el cinturón de seguridad?» Debido al ruido de los motores, la sobrecargo no alcanzó a escucharla, por lo que tuvo que repetirlo más fuerte y todos nos enteramos. Sentí una punzada en el pecho. Se ve que para ella todo lo cotidiano –incluso respirar– representa un gran esfuerzo.
Durante el vuelo pensé en el brutal estigma social y la soledad que acompaña a las personas que tienen este problema, en lo marginadas que pueden vivir, lo propensas a la depresión que pueden ser, los altos costos médicos y de salud que con toda seguridad tienen y lo que significa transitar por una espiral descendente de dificultades.
Si bien la obesidad puede tener un sinnúmero de causas, hoy quiero platicarte sobre una de las sustancias más adictivas que consumimos con agrado y que sin duda es una de ellas.
¿Cómo daña el azúcar a nuestro organismo?
