¡Ah!, con qué facilidad agregamos adjetivos calificativos a la frase “yo soy….”. Si sólo supiéramos el poder que las palabras tienen, seríamos más cautelosos con las afirmaciones que hacemos.
Con el cambio de horario de verano y las vacaciones de semana santa en puerta, he escuchado declaraciones como: “Me tardo hasta dos semanas en adaptarme”, “yo soy muy desvelado y me cuesta trabajo dormir”, “soy muy estresada”, “estoy hecha una gorda, en traje de baño parezco ballena”, “me despierto diario a las tres de la mañana”, “me canso de todo”, y demás.
Aquello que declaras tarde o temprano te alcanza, incluso de maneras no obvias, el universo te lo concede. Las palabras crean, invitan, atraen, afirman y se vuelven órdenes para tu cerebro, aunque sea de forma inconsciente y a pesar de que se pronuncien a la ligera o en broma. Las palabras son la puerta de entrada a la autorrealización y las profecías comienzan a cumplirse cuando las declaras.
Ignoro en qué momento se nos metió en la cabeza que desacreditarnos a nosotros mismos es una forma de pertenecer, de caer bien o de no sé qué, al grado que fijarnos en nuestros defectos y hacerles publicidad se ha convertido en algo natural.
Sólo recordemos que aquello donde ponemos la atención, crece. Por eso, cuando queremos cambiar algo, sea un hábito, una manera de ser o de estar, con el fin de sacar la mejor versión de nosotros, lo primero que debemos poner bajo la lupa es lo que decimos y cómo nos hablamos. Por ejemplo, si deseo dejar de fumar y estoy pasando por el cambio de hábito, me ayuda afirmar: «soy fuerte, soy más que mi adicción y ya dejé de fumar”, en cambio he escuchado decir a quien está en ese proceso: “Es que yo disfruto muchísimo fumar”, lo cual refuerza la costumbre y ¡en nada ayuda!
La importancia de cómo te hablas
