Siempre creí que la velocidad era la respuesta. Que llegar primero, ser la primera en cualquier tarea que emprendiera sería lo que me llenaría de satisfacción plena, sin percatarme que el placer y la duración que proporciona alcanzar esas metas era semejante a la que da tomar el primer caballito de tequila.
En el momento te sientes tan bien que crees que si trabajas más y mejor, más y mejor, la satisfacción se multiplicará. Qué risa, sí, cómo no…
Me hubiera gustado que alguien me dijera que ese no era el camino antes de terminar internada en el hospital por estrés; que emborracharte de trabajo te aleja cada vez más de ti mismo, de tu familia, de tu salud y de tu centro, donde, irónicamente, se encuentra la quietud; que la solución no es meter el acelerador, sino el freno, pero la neblina del éxito engaña y desvía por completo.
Me hubiera gustado que alguien me dijera que lo único que tenía que hacer era sentarme, quedarme quieta y respirar con los ojos cerrados para descubrir ese lugar interior en donde están todas las respuestas y el paraíso.
¿Cómo lograr la paz interior?
