A mi querida Victoria
Vi el reloj y me di cuenta de que nos quedaba una hora para disfrutar el último momento de las vacaciones en la playa de Cancún, antes de tomar el avión de regreso a la ciudad de México.
En esos últimos minutos quise hacer todo lo que en los diez días anticipé haría, mas el tiempo se me fue en… ¡no sé qué!, y logré hacer muy poco. Por ejemplo, anticipé que me tendería horas sobre el camastro a sólo leer y leer. La realidad es que nunca lo hice y ni siquiera terminé el primero de los tres libros que llevé.
Si bien disfruté mucho del mar, el sol y la convivencia con mi familia, en el momento en que me hice consciente de que nos quedaban sólo 60 minutos en ese paraíso, me pareció que todos sus colores brillaban con mayor intensidad. En esos instantes atesoré cada partícula de luz, quise devorar los libros, beberme el azul turquesa del mar, abrazar más a Pablo y a mis nietos, inhalar toda la brisa marina y saborear hasta el límite la comida yucateca.