¿Cuál es el poder del agradecimiento?

Reservada y callada, servía los cocteles a todos los meseros que se los pedían para llevarlos a las mesas; también tomaba las órdenes de los comensales, echaba la loza al lavavajillas, acudía a la cocina para recoger en la barra los platillos, hacía las notas… En fin, no paraba de trabajar arduamente.
Mientras estábamos sentados un domingo a mediodía Pablo, mi esposo, y yo, en la barra del restaurante, que a la vez hacía las veces de bar, pude observar el trabajo sin descanso de aquella chica tatuada en los brazos, con un arete en la nariz, media cabeza rapada y la otra mitad con el pelo decolorado y atado en una cola de caballo. Por su expresión no pude evitar imaginarme su vida, que a simple vista no lucía nada fácil, como su rostro reflejaba.
Ante situaciones como ésta, parte de mí se cuestiona con culpa por qué el privilegio de estar cómodamente sentada del otro lado de la barra, con una copa de vino en la mano, acompañada del ser que más amo, en lugar de encontrarme en una situación similar a la de ella.
Tuve en la mente su recuerdo durante varios días, especialmente en los momentos placenteros de mis vacaciones –que fueron muchos. Su imagen llegaba a mí con una mezcla de enorme gratitud y culpa.