Ese día confirmé, una vez más, que las cosas no suceden por casualidad. Lo que de momento parecía una contrariedad, con el tiempo tuvo beneficios.
Esa mañana mi esposo y yo nos levantamos temprano, nos bañamos, arreglamos y desayunamos de prisa, para salir rumbo al aeropuerto de Cancún y tomar el vuelo de las nueve de la mañana a la Ciudad de México.
El aeropuerto estaba repleto de vacacionistas deseosos de regresar a su origen, por lo que esperamos alrededor de cuarenta y cinco minutos en la fila para documentar el equipaje.
Por fin nuestro turno llegó. Al entregar en el mostrador nuestras identificaciones y datos del boleto impresos en una hoja, notamos que a la señorita de la aerolínea algo no le cuadraba. “¿Me pueden decir sus nombres por favor? ¿Su destino?”, nos preguntó sin quitar la vista del teclado y la pantalla. Después de unos minutos hizo una pausa: “Señores, sus boletos no son para hoy, son para mañana”. “¿Cómo?”, le contestó Pablo incrédulo, pues siempre es el más cuidadoso con ese tipo de detalles.
Pues sí, a ninguno de los dos se nos ocurrió revisar los datos el día anterior. Tanto correr y levantarnos temprano para confirmar que nos habíamos equivocado: los boletos eran para el día siguiente. Así que con una mezcla de gusto y decepción –ya que la mente de los dos estaba encarrilada en el modo “trabajo“–, tomamos un taxi de regreso a la zona hotelera de Cancún, queríamos encontrarnos con nuestros hijos y nietos que viven en Los Ángeles y regresaban esa misma tarde.
Cuando equivocarse vale la pena
