Decir que sí

“Al conteo de tres corremos en esa dirección”, me ordenó el italiano a quien acababa de conocer, y que, literalmente, tenía mi vida en sus manos. Lo que me pedía era correr al precipicio, a la nada, al vacío, con la certeza –para él, esperanza para mí–, de que el aire nos levantaría. No supe en qué momento acepté lanzarme.
Atado al arnés de su piloto, Pablo mi esposo, a quien le encantan este tipo de aventuras, se lanzó primero en el parapente sobre las Dolomitas, una hermosa cadena montañosa que ofrece unas vistas espectaculares. Me tocaba seguirlo. En apariencia todo estaba bien, sin embargo correr hacia el vacío iba en contra de todo mi instinto natural y activaba mi alarma interna. Gran parte de mis células gritaba “¡no!”, mientras otras, la minoría, decía “sí”.
Me aferré a las líneas del parapente como si eso pudiera salvarme de cualquier incidente, hasta que después de media hora –porque volamos 45 minutos, durante los que le reclamaba en silencio a Pablo haber solicitado tanto tiempo cuando la norma es de 15–, ya no soportaba las manos. En la pantalla de mi mente aparecían letreros que en fracciones de segundos cambiaban de “¡qué gozo”! a “¡qué miedo!”.