el amor que se queda

Veo tu foto de cumpleaños rodeado de globos y regalos. ¡Estabas tan contento y te veías tan bien! Ese 27 de marzo saliste como tantas otras veces del hospital para encontrarte con la sorpresa de tus regalos. Quién diría que dos meses después, el 27 de mayo, te irías para siempre. Nunca lo imaginamos. La esperanza de un nuevo tratamiento nos hizo asirnos de un hilo de ilusión, que prometía un par de años más de vida.

 

“Tienes mieloma múltiple, una enfermedad maligna que no tiene cura, pero se controla”, te dijo el doctor. No teníamos idea de la gravedad de este padecimiento. Desde ese primer día, tu actitud fue “la vamos a superar, no pasa nada, la vida como siempre”. A pesar del optimismo que los dos aparentábamos, poco a poco fuimos sintiendo un vacío, un dolor que, como la humedad en un muro, se nos fue metiendo. Era el inicio de la pérdida de lo que hasta ese momento sentíamos que sería eterno. Pérdida de nuestras vidas, pues ya no serían iguales que antes; pérdida de algo tan valioso y que nunca valoramos lo suficiente: la salud; pérdida del “nosotros”, ante la separación inminente de los dos. Pero fingíamos para el otro que todo estaba bien.

 

El inicio de tu tratamiento, que duró dos años, coincidió con el encierro por la pandemia. Lo vivimos tomados de la mano. Bajo estas circunstancias la vida nos invitó a despertar y a apreciarla desde otro punto de vista que no conocíamos: la cercanía con la muerte. Qué distinto se ve todo.

 

Durante estos meses cuánto recordé el verso del poema de John Milton, escrito en 1634: “Toda nube tiene un filo plateado”. Y únicamente lo ves cuando estás dispuesto a verlo. Así, a pesar de lo gris de tu enfermedad y de la situación mundial, apreciamos el amanecer de cada día de encierro, el jardín, los pájaros, una comida sabrosa, a veces una copa de vino, es decir: la vida, vaya privilegio.

 

El amor que se queda en el alma hizo que ese filo plateado brillara más, en especial estos últimos dos años. Cada cual se esmeró en dar al otro lo mejor de sí, en palabras, en atenciones, en buen modo. Tuviste la distinción de nunca quejarte, de no verte víctima de nada, de siempre estar de buenas y con ganas de exprimir la vida. Fuiste un gran enfermo. Regresabas del hospital para irte al viejo Chapultepec a andar en bici, era tu rato contigo mismo para meditar y disfrutar de la naturaleza que tanto amaste.

 

En las dos o tres ocasiones en que las molestias o el hartazgo de estar en el hospital hicieron que saliera de ti una frase en tono golpeado, al rato, de tu grandeza de espíritu surgía un: “Vieja perdón, ya no aguanto”. Siempre tuviste ese tamaño, otra razón más por la que me enamoré de ti para siempre.

 

Cuánto agradecimos el amor que nuestros hijos y nietos mostraron desde el primer momento, pues también para ellos una parte de su mundo se derrumbaba.

 

Sólo me arrepiento de no haber querido ver, durante esos dos meses entre tu cumpleaños y tu partida, la realidad; siempre confiamos en ese nuevo tratamiento. Desearía haber tenido el valor de conversar más acerca de la muerte, de tus temores y de los míos. “Hablar de la muerte no la acerca, como evitar hablar de ella no la aleja”, me dijo un día la tanatóloga. Cuánta razón tuvo.

 

“Ya habrá tiempo”, me decía, con ese pensamiento mágico que nos duerme ante la realidad de la muerte de la persona que más amas. ¿Fue cobardía o inconsciencia? Quizá las dos. El gran consuelo que me queda y nos queda a toda tu familia es saber que, si a esta vida vinimos a dar y a recibir amor, vaya que cumplimos. Y ese amor quedará en el alma de todos para siempre.

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