Envejecer: una decisión personal

Cuántas veces nos asombran personas que dejamos de ver unos años e irradian la misma energía y vida que antaño; o por el contrario, personas que se ven apagadas y que aparentan una edad mayor de la que tienen. ¿En qué radica la diferencia?
Por siglos hemos comprado la idea de que hay un enemigo implacable y silencioso del que no podemos escapar: el tiempo. De la misma manera, vemos a nuestro cuerpo como una máquina bioquímica que se deteriora y descompone día a día. Pues basta que lo creamos para que el universo declare “concedido”.
En la actualidad gracias al desarrollo de la investigación en diversos campos tenemos otra posibilidad: envejecer es una decisión personal. A diferencia de los animales, los humanos somos los únicos seres vivos que podemos cambiar nuestra biología a través de la conciencia de nuestros pensamientos y sentimientos.

Hoy se sabe que todo pensamiento, emoción y creencia tiene un impacto directo en el grado de envejecimiento del cuerpo.

Veamos: un pensamiento de bien genera una onda eléctrica coherente que llega al corazón y, que a su vez, crea un sentimiento de bienestar. Lo anterior provoca que el corazón produzca ondas electromagnéticas coherentes, mismas que envía a todo el organismo, lo que da como resultado un estado de armonía y salud, y viceversa.